Sobre la funesta manía de pensar, con Julio Gómez de Fabián
Recuperamos en esta pieza un breve texto de Julio Gómez de Fabián de 1910, en tono irónico, y publicado en el número del 21 de agosto de ese año en Vida Socialista.
El texto:
“Más de mi estilo
Aquellos teólogos benditos que juzgaron funesta la manía de pensar, tenían razón sobrada.
Los hombres seríamos mucho más felices viendo pasar la vida, las cosas y los días como á través de un sueño; como los brutos la verán acaso.
Sabemos que la vida vale muy poco, que el mundo no es perfecto, que el placer es un espejismo engañoso, una esperanza vana que no alcanzamos jamás, que el dolor es una realidad cruel, que los hombres son perversos y desleales; sabemos cuanto nos desconsuela y apesadumbra porque hemos aprendido ápensar y pensamos.
Verdad es que en descargo de estas culpas suyas, el pensamiento nos ha dado el remedio que las curará... ¡Valiente remedio!
Nos vocea dentro de la mente que la vida es buena, que la dicha de vivir es inapreciable, que el dolor es un aliciente de la vida; y nos convence. Y vivimos. Pero luego nos grita irritado si acercamos á los labios la copa del placer, si confiamos al amigo las cosas íntimas, si en aras del bien ajeno nos disponemos al sacrificio, si amamos la vida con exceso... Todos nuestros actos son reprensibles, desatinados. La voluntad que ha creado, está en pugna constante con él. El bien no existe; el mal, tampoco. La verdad es relativa; el error lo mismo. Todas las cosas son iguales en el fondo. Si nos detenemos, el dolor nos hiere con su espuela de fuego; si caminamos de prisa, las riendas de la prudencia nos torturan. El pasado es la muerte; el presente, el dolor; el porvenir, la esperanza de un desengaño amargo...
Tenían razón sobrada los teólogos aquellos: la manía de pensar, es una funesta manía.
¿Mas quién desea librarse de este enemigo íntimo? ¿Aquellos teólogos extirpáronlo de sí? ¿Los que ahora siguen tal doctrina la practican?
No, no; la funesta manía nos posee á todos los mortales, todos pensamos, todos sentimos el aguijón de la idea detrás de la frente enardecida. Clérigos, soldados, frailes, déspotas, gobernantes, obreros, hombres de letras... todos, todos somos maníacos del pensamiento... ¡Hasta los teólogos piensan, bien que á su pesar!
¡Y bendita sea una y mil veces esa manía que ha sabido hacer del hombre un dios y de Dios un vano fantasma!”
Hace tiempo que estamos recuperando a este personaje en El Obrero, muy poco conocido hoy en día. En la hemeroteca digital del medio el lector interesado encontrará algunas reflexiones.