La crisis del Califato de Cordoba

Historia

A la muerte de Al-Mansur (Almanzor) en 1002 le sucedió en el cargo de hachib su hijo Abd al-Malik, que fue un fiel seguidor de las líneas marcadas por su padre para poder mantener el control sobre el califa y de seguir enfrentándose a los cristianos. Pero falleció pronto, en 1008, y se desencadenó una fuerte crisis política. En la corte califal abundaban los cortesanos que criticaban el poder de los miembros de la familia de Al-Mansur. Se estaba cuestionando el derecho de esta familia a poseer el máximo cargo político después del califa. El nuevo hachib fue asesinado en 1009 y se produjo la destrucción de Medinat al-Zahra. Se inició una larga etapa de enfrentamientos y violencia, con golpes palaciegos, asesinatos políticos y rebeliones en Córdoba y en otras ciudades de Al-Ándalus, protagonizadas por las élites árabes, los gobernadores provinciales, los bereberes y los mercenarios esclavos.

 

El Califato se fue desmembrando en unidades políticas más autónomas, que fueron cortando los hilos con Córdoba. Al final, en una especie de asamblea de notables, celebrada en Córdoba en 1031, se puso fin al Califato. La explicación de este fracaso debe buscarse en una conjunción de causas. En primer lugar, parece indudable que el empuje primigenio del Islam se había agotado porque en el mundo andalusí llevaba tiempo cundiendo un espíritu nada acorde con los principios de la yihad, es decir, con el empuje relacionado con la defensa y expansión de la fe y del dominio musulmán. Tenemos que tener en cuenta, además, que los últimos Omeyas no tenían ni la energía ni la sabiduría política de los fundadores del Califato. Las tensiones entre el poder central y los locales o regionales siempre había existido, aunque cuando gobernaron los primeros califas siempre pudo resolverse a favor de la corte cordobesa. Pero en los últimos tiempos se habían desarrollado mucho las familias y élites provinciales, deseosas de administrar amplias riquezas y de tener todo el poder en las provincias. Las tensiones sociopolíticas generadas entre árabes, sirios, bereberes y esclavos mercenarios fueron muy determinantes en el debilitamiento del poder califal. Era muy difícil poder satisfacer a todos los grupos, y llegar a acuerdos.

Por fin, fuera del ámbito del poder, los miembros de los grupos humildes, campesinos y artesanos, se mantuvieron muy al margen de estas tensiones y no se despertó en ellos ningún interés especial en preservar la unidad política. Existió siempre un claro divorcio entre la corte califal, harto sofisticada, y la mayor parte de la sociedad andalusí.

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