Sofía Casanova
Sofía Casanova nació en 1861 en la provincia de A Coruña, siendo hija natural, aunque sus padres se casaron a los dos años de nacer la niña. En todo caso, el padre terminaría abandonando a la familia, y la madre y los niños tuvieron que irse a vivir con los abuelos.
Después, en Madrid empezó a estudiar poesía y declamación, comenzando a moverse en el mundo literario, haciendo amistad con Blanca de los Ríos. Empezó a publicar sus poemas en distintas publicaciones periódicas madrileña y en Vigo. Hacia 1880 ya tenía un cierto nombre como una joven promesa de la poesía. También inició una carrera de actriz. Entre 1878 y 1882 actuó en el Teatro Español. Ramón de Campoamor la apoyó mucho y la introdujo en el círculo de las tertulias que algunos miembros cercanos a Alfonso XIII. El propio monarca costó la edición de su libro Poesías. Sofía se movía fácilmente, como estamos viendo, en los ámbitos culturales de la capital. En ese contexto conoció al intelectual y diplomático polaco Wincenty Lutoslawski, un verdadero experto en Platón. Se casaron en 1887. Marchó a Polonia, aunque el matrimonio y las hijas viajaban constantemente a Galicia. Sofía supo combinar la intensa vida viajera que le imponía ser esposa de un marido diplomático con su interés por el estudio de idiomas, convirtiéndose en una verdadera políglota, con su naciente carrera como periodista. En todo caso, el matrimonio se distanció. En 1905 Sofía decidió regresar definitivamente a España. Realizó colaboraciones literarias en ABC, El Debate, Blanco y Negro y en publicaciones gallegas. Su domicilio se convirtió en un espacio de encuentro y tertulias. Además, impartió muchas conferencias y se dedicó a distintas obras sociales como el Comité Femenino de Higiene Popular. En 1906 fue elegida miembro de la Real Academia Gallega. En 1910 publicó La mujer española en el extranjero, que le catapultó en el mundo literario. Fue una de las pocas mujeres que recibió elogios de Pérez Galdós y estrenó la primera obra dramática de Casanova, La madeja, en marzo de 1913.
En uno de los viajes que realizaba a Polonia para ver a sus hijas estalló la Gran Guerra. En Varsovia se hizo enfermera y el horror que vio cambió, sin lugar a dudas, su vida. En un texto al ABC contó lo que vio y criticó la germanofilia de algunos sectores políticos y sociales españoles. Torcuato Luca de Tena le propuso que fuera corresponsal de guerra en la Europa oriental. Sofía Casanova aceptó la oferta. Siguió trabajando en el hospital hasta que tuvo que evacuar Varsovia por el avance alemán. Huyó con sus hijas en el último tren con rumbo a Minsk. Estuvo en Moscú y luego pudo recalar en San Petersburgo. Allí fue testigo de la profunda crisis rusa, e informó al respecto, aunque eso le causó serios problemas. Narró la muerte de Rasputin y llegó a entrevistar a Trotski. Todo ello hizo que las autoridades rusas prohibieran a Sofía comunicarse con España. Por eso se pensó que había muerto. A continuación, fue testigo de primera mano de la Revolución, pudiendo ya informar. En uno de los altercados recibió un golpe accidental que le afectó gravemente a sus ojos, algo de lo que nunca se pudo recuperar. En 1919 regresó a España, siendo recibida casi como una heroína.
Siguió escribiendo artículos y cuatro libros. En 1925 fue condecorada con la Orden Civil de Beneficencia de Alfonso XIII por su colaboración con la Cruz Roja en la Gran Guerra. Fue la primera española nominada al Premio Nobel. No fue favorable a la República, pensando en el momento de su proclamación en abril de 1914 que podría ocurrir lo mismo que en Rusia. Perdió su trabajo cuando fue cerrado temporalmente el diario ABC. Vivió la Guerra Civil desde Polonia, escribiendo a favor de los sublevados, pasando bastantes penalidades, por otro lado. El franquismo utilizó mucho sus escritos y sus figuras, seguramente de una forma exagerada, pero Sofía se dejó llevar acuciada por sus problemas y por los consejos de algunas amistades. Llegó a conocer a Franco en Burgos en 1938. La Segunda Guerra Mundial le sorprendió, precisamente, donde comenzó, en Polonia. La intervención del embajador español en Berlín le permitió vivir con cierta seguridad, siendo testigo del horror nazi que se desencadenó sobre el país. Allí murió casi ciega en 1958.