Apoliticismo y reacción: reflexionando con Vicente Lacambra
Desde Valencia en el otoño de 1930 reflexionaba Vicente Lacambra en El Socialista (número del 9 de octubre) sobre la relación entre apoliticismo y reacción, un análisis que se nos hace sugerente. Vicente Lacambra Serena (1876-1959) fue un escritor y periodista socialista que, aunque oscense, desarrolló su compromiso político y sindical en Valencia. Se da la circunstancia de que en marzo de 1904 fue condenado a cadena perpetua por un crimen que no cometió.
Pasó diez años en un penal valenciano hasta que fue indultado a finales de 1913 gracias las peticiones de destacados personajes de la cultura española del momento. Esa dura experiencia vital le movió a escribir Mi cautiverio. Diez años de un inocente en presidio, con prólogo de Jacinto Benavente. Al salir, reanudó su compromiso en la Agrupación Socialista de Valencia, llegando a ocupar cargos de responsabilidad en la misma, así como en la Federación Provincial Socialista, y en el Comité Nacional de la Federación Nacional de empleados municipales, ya que fue empleado en el consistorio valenciano. En la Guerra Civil estuvo en Aduanas y fue vocal del Tribunal de Alta Traición, Espionaje y Derrotismo en Alicante. Pudo exiliarse en México, entrando en la Agrupación Socialista Española de México para también colaborar en Adelante. Escribió hasta veinte obras teatrales, aunque muchas siguen siendo inéditas.
Lacambra afirmaba que poco quedaba por decir sobre ese tema tan debatido acerca de que el apoliticismo favorecía la reacción, pero como el error persistía había que seguir insistiendo porque existía un sector social que no acertaba a liberarse de esta influencia. Y frente a esta persistencia había que oponer la voluntad consciente. No podemos negar que parece escrito hoy y no en 1930.
Se definía a la política como el arte de gobernar, de dar leyes. Había que observar que se definía como arte y no como ciencia, es decir, que la política no estaba sujeta a cánones inmutables ni a principios fijos, sino a una dinámica que perseguía los rumbos de la vida social.
Las leyes, precisamente porque obligaban a todos los ciudadanos de un país, a todos importaba que se estructurasen con la mayor equidad, lo que no se lograría mientras no contribuyesen a elaborarlas, por medio de legítimos representantes, todos los que a las mismas estuvieran sometidos. Por eso, una buena y sabia política tenía siempre que intentar despertar la conciencia de soberanía que iba unida al término de ciudadano. Estamos ante un evidente canto a la democracia. Solo cuando un pueblo se desentendía de su soberanía podía ésta ejercerse en su contra. Esa era la responsabilidad social de los apolíticos que, en realidad, hacían política para dejar el campo libre al enemigo. Toda abstención era en realidad un voto rendido a las mayorías contrarias y una manera indirecta de formarlas. La abstención era una especie de suicidio civil. Si todo el poder emanaba del pueblo, si se le sugería que dejara de ejercitarlo se le estaba acercando, en realidad, a la esclavitud. Si el pueblo no ejercía su soberanía no faltaría quien por su propia conveniencia terminara manejándolo. La cosa pública importaba a todos y el intervenir en la misma no era solamente un derecho, sino un deber. El progreso o retraso de un pueblo tenía que ver con el interés o el desprecio con que se miraba la política. Las tiranías y las dictaduras se gestarían al socaire de la indiferencia y del apoliticismo. Por eso eran luego tan entusiastas defensoras del mismo porque sabrían que podían sostenerse mientras no despertase la conciencia ciudadana.
Y eso se habría visto, según nuestro protagonista, en la España reciente con la Dictadura de Primo de Rivera.