La lucha de clases

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Para el marxismo los hombres no actúan aislados sino en grupos sociales que condicionan a los individuos. Como la sociedad está organizada en relaciones de producción, la función del individuo viene definida por la división del trabajo. Así pues, los que se encontraban en las mismas condiciones formaban una clase. Las clases serían grupos sociales que ocupaban un lugar determinado en el proceso de producción. Unos eran propietarios y otros no. Las clases surgían cuando lo hacía la propiedad privada y la historia era, por tanto, la lucha entre propietarios y no propietarios, entre opresores y oprimidos. La conciencia de clase se convirtió en uno de los puntos más importantes en la lucha para destruir el capitalismo. Los obreros debían ser conscientes de la clase a la que pertenecían en la lucha por su emancipación, en la que ellos debían ser los protagonistas, no como aliados o guiados por otros. Esta idea sería fundamental en la lucha que emprendieron los partidos socialistas cuando se crearon de convencer a la clase trabajadora de que no podían esperar nada de “partidos avanzados” por muy progresistas que apareciesen, ya que eran formaciones de la burguesía.

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Los socialistas ricardianos

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En los inicios del siglo XIX surgió un conjunto de pensadores en Gran Bretaña que podemos calificar de teóricos socialistas y que Marx bautizaría como “socialistas ricardianos” en su obra Miseria de la Filosofía (1846), y que luego Engels trataría en el prefacio de la edición que salió en 1883. Marx consideraba que este grupo de pensadores británicos se había inspirado en David Ricardo, especialmente en su teoría del valor, que se creaba a partir del trabajo, por lo que, en consecuencia, el mismo tendría todo el derecho a recibir lo que producía.

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Las primeras crisis del capitalismo

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Con la llegada de la Revolución Industrial y el capitalismo cambiaron las crisis económicas, antes de subsistencia, porque pasarían a ser de superproducción industrial. Las industrias producían más productos que los que podía absorber el mercado. La generación de stocks creaba muchos problemas a las empresas, los precios bajaban, descendían los beneficios, se producían cierres de fábricas y quiebras bancarias y, al final, aumentaba el paro, la principal consecuencia social de las crisis. En todo caso, no fue infrecuente que, durante el siglo XIX, como se mezclasen crisis de subsistencias con éstas otras más modernas, ya que al darse una Revolución Industrial incompleta no se produjo un cambio completo de una economía agraria a otra industrial.

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Cuando Longuet y Sixte-Quenin plantearon la inutilidad económica del colonialismo

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La historiografía lleva un tiempo cuestionando algunos aspectos de los factores económicos con los que se ha intentado explicar el fenómeno del imperialismo. Uno de estos cuestionamientos nos ha parecido siempre muy interesante. Se refiere a que el imperialismo no benefició por igual a toda la población ni a todos los sectores económicos de la metrópoli británica. Los principales beneficiarios habrían sido los sectores económicos que invirtieron en las empresas coloniales mientras su contribución a pagar los costes de la administración colonial había sido muy reducida. Las clases medias fueron las que contribuyeron para costear ese elevado coste con sus impuestos, recibiendo muy pocos beneficios o ninguno del inmenso imperio colonial de su país.

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Alemania en la Segunda Revolución Industrial

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El Imperio alemán, resultado de la Unificación alemana y en plena Segunda Revolución Industrial se convirtió en una gran potencia económica. La Unificación provocó un Zollverein ampliado, Francia aportó una gran cantidad de dinero en concepto de indemnización por los perjuicios causados en la guerra, y el gobierno de Bismarck estableció una política proteccionista, clave para que la industria despegase.

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Capitalismo comercial y mercantilismo

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El comercio durante la Edad Moderna se vio limitado por las deficiencias del transporte. En tierra se realizaba en carros, diligencias o a lomos de animales con arrieros por malos caminos, mientras que en el mar se empleaban barcos de vela con limitada capacidad de carga.

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La reseña del “Manual de Socialismo y Capitalismo para mujeres inteligentes” de George Bernard Shaw en El Socialista

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El Manual de Socialismo y Capitalismo para mujeres inteligentes fue una obra publicada por George Bernard Shaw en 1928, aunque en España no se editó hasta 2013 por RBA, con prólogo de Margaret Walters y traducción de Dolors Udina. Debemos recordar que el literato irlandés fue miembro de la Sociedad Fabiana, que se fundó en 1884, todo un laboratorio de ideas de un socialismo gradual, y que luego estaría dentro de la compleja organización del Partido Laborista cuando comenzó a andar en el cambio de siglo. La obra de Bernard Shaw tiene un marcado carácter pedagógico con ochenta y seis capítulos o entradas, destacando la “peroración” final. Al parecer, el libro surgió por la petición de su cuñada lady Cholmondeley para que le expusiera algunas ideas del socialismo, pero lo que iba a ser un librito, al final, fue mucho más por su extensión, contenido y sistematización.

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