Debatir sobre la Guerra Civil

Memoria histórica

Tengo que reconocer que no me ha gustado nada que se hayan suspendido las jornadas sobre la Guerra Civil que había promovido Arturo Pérez-Reverte.

 

No me ha gustado nada, partiendo del hecho de que no soy nada partidario de Pérez-Reverte en sus visiones sobre la España imperial, ni sobre su forma de pontificar sobre lo divino y lo humano, ni me agrada nada el desdén que destila en sus críticas. Por supuesto, me encuentro a 180º de todas y cada una de las posiciones políticas e ideológicas de Aznar o de Espinosa de los Monteros. Pero, insisto, no soy partidario de que no se celebren debates sobre la Historia de España, y muy especialmente sobre cuestiones llenas de polémica como fueron la Guerra Civil, o después la Dictadura franquista.

En un país de tensiones mediáticas diarias sobre todo o casi todo, y de resurgimiento o rejuvenecimiento, si se puede aplicar este término a este caso, de posicionamientos muy extremos o blanqueadores de pasados dictatoriales represivos, hablar no hace mal a nadie porque, aunque no se llegue a ningún acuerdo, es positivo porque plantea visiones distintas sobre fenómenos, querámoslo o no, muy complejos.

Es evidente que se debe combatir con argumentos e ideas cualquier blanqueamiento de la dictadura y se puede desmontar muy fácilmente la argumentación que hoy se renueva sobre la supuesta legitimidad del golpe del 17-18 de julio. Pero también es cierto que caben distintas interpretaciones de los hechos históricos sin que eso lleve a la justificación de nada ni de nadie. La mayoría de los historiadores de verdad de este país y de fuera saben bien de esto, aunque otra cosa intenten hacer los pseudohistoriadores que, lamentablemente, abundan mucho en los medios y en las publicaciones con argumentaciones tendenciosas y manipuladas, sazonadas con titulares incendiarios.

Debatir es importante desde el respeto y la serenidad. Los debates de Historia son siempre enriquecedores, aunque solo sea para escuchar una visión contraria a la tuya porque te puede permitir mejorar tu propio razonamiento o emprender nuevas vías de investigación, sin negar que puedas llegar a matizar en algún aspecto lo que hasta ese momento pensabas. Además, la confrontación dialéctica pública tiene una evidente misión pedagógica, al menos, para mentes abiertas y no obcecadas con prejuicios o planteamientos muy tergiversados y poco reflexivos.

En fin, ser intolerante con el fascismo es un ejercicio noble, necesario y loable, pero ser intolerante con un personaje público que nos ofrece una visión conservadora de la Guerra Civil es un ejercicio muy semejante, al menos en lo teórico, a lo que hizo el dictador siempre, aunque, eso sí, sin las consecuencias prácticas de la represión de la que siempre se sintió profundamente orgulloso por considerarse un brazo providencial y salvador, aunque no sepamos, en realidad, muy bien de quiénes salvó a los españoles.

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