Modelos de expresidentes en la España actual

Política

Cuando un presidente de Gobierno dejar de serlo inicia una nueva etapa en su vida. Se puede optar por varios caminos. La experiencia actual nos hace ver, en nuestra opinión, hasta tres modelos por la experiencia vivida desde 1996.

 

Hay dos caminos muy nobles para estos jubilados de oro. La primera opción es descansar un tiempo prudencial y alejarse de los focos para luego, y siempre de acuerdo con los nuevos líderes de su partido, dedicarse a apoyar causas del mismo, acudir a mítines, charlas y demás eventos para apoyar tanto si está en la oposición como si se disfrutan responsabilidades de gobierno y, sobre todo, en tiempo electoral. No son protagonistas acusados porque ahora tienen que serlo los que han venido después, pero, en aras del compromiso, siempre están dispuestos a colaborar. Se trata de personalidades políticas sin un sentido muy acusado del egocentrismo, más bien empáticas o sensibles, y muy celosas de no interferir o de ejercer supuestos magisterios sobre los sucesores, aunque den su opinión y participen cuando son llamados a ello. De ese modo, un expresidente sigue siendo útil para la causa en la que cree y para el conjunto de la ciudadanía, además de cimentar un legado para la posteridad. En este sentido estaríamos ante el “ejemplo Zapatero”.

El segundo camino, completamente loable también, es el de procurar más anonimato, de quedarse casi todo el tiempo en el ámbito privado, aunque con algunas incursiones públicas. Se trata de personalidades también poco egocéntricas, y muy defensoras de su vida privada. Es el “modelo Rajoy”.

Luego hay un modelo vinculado a personalidades arrolladoras, con egos superlativos, con un acusado sentido del protagonismo, y que, aunque desaparecen un tiempo, reaparecen periódicamente cuando ellos lo estiman necesario, y no porque hayan sido requeridos. En España tenemos dos expresidentes que siguen este patrón con matices entre ambos. Estamos hablando de Aznar y de Felipe González. Son expresidentes que generan, cuando menos, susto en sus formaciones políticas porque o son estrellas de intensísima luz propia y pueden eclipsar a líderes posteriores de personalidad más modesta, como ocurre en el ámbito de la derecha, o acumulan en su ser, supuestamente, el tarro de las esencias y viven permanentemente enfadados con sucesores que nunca han apoyado, como en el caso del universo de la izquierda.

No creemos que este último modelo sea muy loable porque terminan perjudicando, en realidad, a sus formaciones políticas. Pontifican, opinan, regañan, generan polémica y no son conscientes de que ya pasó su tiempo político de protagonismo. En estos días vivimos, curiosamente, ante dos discursos sobre la misma cuestión, generado por estos personajes de este modelo, es decir, entre el que llama a unos a una remozada cruzada contra la eterna, aunque ahora remozada, anti-España, y el que arremete contra la supuesta traición de un heredero a no sabemos que principios nacionalistas españolistas del otro espectro político.

Este servidor se queda con el primer modelo y, si me apuran, hasta con el segundo. El primero reconforta y el segundo no molesta.