Lo que esconde la cuestión idiomática
Los sucesos ocurridos a raíz de la cuestión idiomática en la Conferencia de Presidentes con desplante teatral incluido esconde la costumbre de la derecha española sobre su sentido de lo que es España no permitiendo alternativas ni admitiendo la pluralidad, la rabiosa y nunca exterminada variedad de este país.
A la derecha española le costó mucho esfuerzo y, sobre todo, por la presión interna y hasta internacional, entender que no había una única forma de gobernar este país. Tantos años de dictadura intentaron inocular, y con un razonable éxito, que solamente había una forma de entender España y el resto, es decir, la izquierda, los liberales, los demócratas, los republicanos, los gays y lesbianas, el feminismo, el sindicalismo, los nacionalismos periféricos, la masonería, las confesiones religiosas no católicas, etc, representaban la anti-España. Ahora ya no se puede meter a la cárcel a los representantes de estas ideologías, partidos, formaciones, organizaciones y sentires, aunque ahora han renovado el discurso excluyente desde sus medios y desde las redes, con lenguajes más modernos pero que apenas pueden tapar el hedor de la caverna.
Pero, aunque dicha derecha terminó por aceptar el Estado autonómico, a pesar de que su lado extremo lo combate ahora, lo que no está dispuesta a aceptar es que hay otros idiomas y otras formas de organizarse territorialmente. El español es el único idioma que debe hablarse y escribirse de forma oficial, obviando que españoles son el catalán y el euskera, y el gallego también, y los dialectos.
¿Por qué hay que aceptar como dogma de fe que un Estado no puede tener más idiomas, o más naciones, por ejemplo? Si en la diversidad ideológica tuvieron que terminar aceptando la realidad, en esto la derecha es inflexible. España es un estado-nación, ayer imperio y “unidad de destino en lo universal” y hoy la supuesta nación más antigua de Europa o del mundo, vaya usted a saber, porque, aunque esto no va a ser aceptado por ingleses, noruegos, o lituanos, por poner tres ejemplos. Así pues, lo demás, son la nueva, no, la sempiterna anti-España.
La derecha española nunca ha tendido puentes, a menos que lo necesite para acceder o conservar el poder, ni ha buscado el diálogo ni la integración de los ciudadanos y ciudadanas con sentires distintos, con lenguas y culturas propias.
La derecha española nunca ha sentido la generosidad de considerar que el castellano, siendo una lengua universal, extendida por todos los rincones de la geografía mundial, puede dejar un espacio a otras lenguas con menor extensión, y que hacen de este país un ejemplo de la diversidad real de la vida, por mucho que algunos y algunas, con maneras tan teatrales, como las que vemos en estos días, intenten negar la realidad.
El castellano es una lengua inmensa, fuerte, potente, viva, pero, además, ¡anda!, diversa también, porque tampoco es nuestra, es de todos sus hablantes, desde el altiplano boliviano a la meseta castellana, desde Tijuana hasta la Patagonia. No es de España, es de todos esos ciudadanas y ciudadanos que nacieron y aprendieron de sus padres el castellano o lo estudiaron en una escuela, academia o universidad.
Muchos estamos cansados de tanta prepotencia, de tanta falta de generosidad y de ausencia de grandeza o altura de miras. Escribimos y hablamos castellano, valoramos su intrínseca belleza, la riqueza de su gramática y de su vocabulario, y por eso, por amar tanto este nuestro vehículo de expresión, sentimos que otras lenguas de este país diverso merecen todo nuestro respeto, toda nuestra ayuda para que puedan desarrollarse después de tantos decenios de desprecio y de Españas imperiales defendidas por quienes siempre han demostrado no sólo intolerancia, sino también ignorancia. Siguiendo esa forma de actuar, aquí en una Conferencia o allí en Bruselas, no buscan la integración, sino el enfrentamiento, donde tan bien se encuentran. Pero ni España ni la realidad de la misma son suyas, afortunadamente.