Vicente Lacambra y el teatro social

Historia

Vicente Lacambra Serena (1876-1959) fue un escritor y periodista socialista que, aunque oscense, desarrolló su compromiso político y sindical en Valencia. Se da la circunstancia de que en marzo de 1904 fue condenado a cadena perpetua por un crimen que no cometió. Pasó diez años en un penal valenciano hasta que fue indultado a finales de 1913 gracias las peticiones de destacados personajes de la cultura española del momento. Esa dura experiencia vital le movió a escribir Mi cautiverio. Diez años de un inocente en presidio, con prólogo de Jacinto Benavente. Al salir, reanudó su compromiso en la Agrupación Socialista de Valencia, llegando a ocupar cargos de responsabilidad en la misma, así como en la Federación Provincial Socialista, y en el Comité Nacional de la Federación Nacional de empleados municipales, ya que fue empleado en el consistorio valenciano. En la Guerra Civil estuvo en Aduanas y fue vocal del Tribunal de Alta Traición, Espionaje y Derrotismo en Alicante. Pudo exiliarse en México, entrando en la Agrupación Socialista Española de México para también colaborar en Adelante. Escribió hasta veinte obras teatrales, aunque muchas siguen siendo inéditas.

 

Pues bien, en noviembre de 1928 escribió para El Socialista un artículo sobre el teatro social que recuperamos, y donde, después de criticar el teatro vigente, reflexiona sobre la relación entre ideas, pedagogía y estética.

Lacambra quería agradecer que los compañeros habían calificado a sus obras teatrales como sociales o socialistas, aconsejando a los cuadros escénicos vinculados al movimiento obrero socialista para que las tuvieran en cuenta frente a la chabacanería que solamente buscaba hacer reír cuando, en realidad lo que hacían era hacer llorar.

Y eso era porque se profanaba el arte, al desquiciarlo para convertirlo en “carnaza a la estulticia”, ofreciéndolo de forma comercial como una bufonada, lleno de disparates y absurdos.

Reconocía que el arte como expresión de la belleza no estaba, por desgracia a la altura de todo el mundo, y hasta había quien lo encontraba ridículo. Lo que le interesaba era el grupo o sector que enfilaba el arte hacia la educación, hacia el mejoramiento interior, abierto a todas las influencias, y se interesaba por considerar que el teatro tenía ese fin de instrucción deleitando, es decir, para nuestro autor el teatro tenía una función pedagógica a través del deleite.

Lacambra destacaba a autores, como Galdós, Ignacio Iglesias, Dicenta en algunas obras, Meliá, Seisdedos, Pacheco, etc.., habían ofrecido obras con un recto sentido social con el fin de despertar ideas.

Y ese era el teatro social o socialista. En ese sentido, Lacambra no discriminaba entre los dos conceptos. Pero consideraba que ese era el teatro que cuadraba con los medios socialistas.Reconocía que era un teatro que podía padecer algún déficit de arte, pero eso estaba compensado por la cantidad de ideal, que, a veces, le podía sobrar como obra escénica. En todo caso, eso no era contemplado como un problema para Lacambra, ya que consideraba que el mejor arte socialista era el que fortalecía las convicciones o las despertaba.

Y Lacambra terminaba insistiendo en la posible crítica a este tipo de teatro porque reconocía que las obras de tesis eran difíciles. Pero el objetivo principal se cumplía, que era el que hemos citado sobre las convicciones. Por eso había que perdonar al autor que, preocupado por el ideal, se olvidaba un poco del arte. Lo perfecto sería lo mejor, pero eso no era fácil. En conclusión, Lacambra defendía el teatro social o socialista porque servía a la causa, para despertar conciencias, aunque, como literato que era, reconocía que podía faltarle arte, o planteamientos estéticos. Era una especie de mal menor.

El artículo se publicó en el número 6146 de El Socialista del domingo 11 de noviembre de 1928. Los datos sobre Lacambra han sido consultados en el Diccionario Biográfico del Socialismo Español.

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