La misión social del Estado en Adolfo A. Buylla (1917)
Arturo Álvarez-Buylla y González Alegre (1852-1912) fue un activo médico, escritor y político asturiano, que dedicó un gran esfuerzo en demostrar las propiedades curativas del agua y de la necesidad de la higiene. En este sentido, fundó y dirigió la revista Higiene. Escribió literatura, colaborando en El Carbayón y en la Revista de Oviedo. Sus preocupaciones sociales le llevaron a denunciar las condiciones de vida de las clases trabajadoras y se empeñó en la lucha contra la tuberculosis y, precisamente, contra el alcoholismo. En 1906 fundaría el primer Dispensario Antituberculoso de España, y también creó la Tienda-Asilo. Por fin, fue concejal y diputado provincial por Oviedo desde 1909 hasta su fallecimiento. En el número del primero de mayo de El Socialista del año 1917, Buylla reflexionó sobre la misión social del Estado.
Para el intelectual el Estado moderno tendría la misión jurídica de compensar las diferencias y armonizar las distinciones, fruto, en gran medida, de la falta de preparación de las masas, mantenidas de forma maliciosa sin educación, por lo que eran explotadas. Así habría que engarzar la propiedad individual con la social, arbitrando el medio de que la relación de propiedad se cumpliese de forma completa, para que no hubiera quien se aprovechara de los elementos de la naturaleza y viviese de ellos y con ellos se enriqueciese sin poner de su lado trabajo alguno, y para que no gozase de los beneficios si no el que, mediante su esfuerzo, los hubiera hecho productivos. El Estado podía y debía evitar esos abusos, aplicando el medio de la expropiación forzosa porque era de utilidad pública construir caminos, embellecer las ciudades, higienizar talleres y fábricas, edificar casas baratas, cómodas y saludables para los trabajadores escasos de recursos, la adecuada distribución de la propiedad y el cultivo, el aprovechamiento de los solares sin construir y de las minas que no se explotaban o de los saltos de agua que no se utilizaban, de las industrias que no rendían lo que debieran por incapacidad o por decisión de los empresarios aguardando coyunturas favorables, habiendo tantos brazos cruzados deseosos de trabajar, tantos talentos inactivos con ansia de ocupación por falta de medios económicos que, a su vez pertenecerían a quienes no sabían o no querrían ponerlos en condiciones de producir.
El Estado a través de la ley y de forma directa podía y debía influir en el contrato de trabajo ayudando a los débiles que por el imperio de la ley de la oferta y la demanda sucumbían ante un patrono desalmado o mal avenido con la igualdad. El Estado podía y debía fomentar el contrato colectivo, estimulando la formación de cooperativas de mano de obra y de empresas de obreros, mediante la preferencia en las concesiones de servicios públicos, sin olvidar que debía desempeñar un papel de patrono modelo.
El Estado podía y debía legislar sobre el salario mínimo, la jornada máxima, el retiro de los desheredados, y la pensión al enfermo y al parado forzoso. Y todo eso era, a juicio de Buylla, perfectamente compatible con la organización político-social imperante. No atentaba contra el derecho de propiedad y sí, en cambio, iniciaba una serie de reformas para preparar el camino para que la humanidad pudiera vivir en un pleno régimen de libertad, igualdad y fraternidad.
Así pues, Buylla nos estaba hablando, en realidad del Estado del Bienestar.