La Exposición de 1929 en Barcelona

Historia

En 1929, Barcelona organizó la Exposición Internacional, celebrada en Montjuïc. Se guardaba un muy grato recuerdo de la Exposición Universal de 1888 por su impacto positivo en la ciudad. La idea de una nueva exposición nació en 1905 cuando el arquitecto Josep Puig i Cadafalch pensó en que sería una buena idea para fomentar el urbanismo del Plan de Jaussely. Al principio se pensó en la zona del Besós, pero en 1913 se decidió que debía establecerse en el área de Montjuïc. La idea era realizar una Exposición de Industrias Eléctricas dado el auge de la electricidad en el nuevo siglo. Debía tener lugar en 1917 pero estalló la Gran Guerra. El proyecto contó con el decidido apoyo empresarial catalán, pero costó que arrancaran las obras porque hubo que expropiar los terrenos. Las obras comenzarían en 1917. Se terminaron en 1923, pero el golpe de Primo de Rivera en septiembre paralizó la celebración del evento. El paso del tiempo hizo que la idea sobre la electricidad se abandonase, terminando por ser la Exposición Internacional de Barcelona, coincidiendo con la Exposición Iberoamericana de Sevilla.

 

En primer lugar, se urbanizó toda la zona de lo que sería la Plaza de España, un amplio espacio, y se construyeron los pabellones de lo que actualmente es la Fira de Barcelona. La Exposición se desarrolló entre el 20 de mayo de 1929 y el 15 de enero de 1930. Costó ciento treinta millones de pesetas. La Exposición dejó distintos edificios, además de los propios de la feria, como fueron el Palacio Nacional, la Fuente Mágica, el Teatro Griego, el Pueblo Español y el Estado Olímpico. Desde la perspectiva de vanguardia, seguramente el gran legado sería el Pabellón de Alemania, de Ludwig van der Rohe.

Pero fuera de todo el espacio ferial y de su inmediato entorno, Barcelona vivió una nueva remodelación urbanística. Se ajardinaron las plazas de Tetuán, Urquinaona y Letamendi. Se construyó el Puente de marina, se urbanizó la Plaza de Cataluña y se prolongaron dos grandes viales, la Diagonal hacia el oeste y la Gran Vía hacia el suroeste. El asfaltado de las calles mejoró, así como el alcantarillado. Se instalaron lavabos públicos y se generalizó la iluminación eléctrica de la ciudad. Barcelona vivió por vez primera las papeleras públicas, conocidas como el modelo “Tulipa”. También aparecieron los semáforos. Tanto el Palacio de la Generalitat como la Casa de la Ciudad en la Plaza de Sant Jaume fueron remodelados. Se terminaron el edificio de Correos y la Estación de Francia, cuyas obras parecía que se estaban eternizando. Por fin, se construyó el Palacio Real de Pedralbes, como residencia real.

Barcelona tenía que mejorar sus comunicaciones, y por ello se preparó adecuadamente el Aeropuerto. En realidad, desde 1916 funcionaba un campo de aviación en el Remolar (Viladecans) en los terrenos de una granja avícola denominada “La Volatería”, de la que tomó su nombre. Dos años más tarde se abrió un campo de aviación en el Prat de Llobregat. Fue empleado por el Aeroclub de Cataluña y como base para la flota de Zeppelines e hidroaviones, tanto de la Armada como del Ejército de Tierra. Los servicios comerciales no comenzaron hasta 1927 con la línea de Iberia que unía este aeropuerto con el madrileño de Cuatro Vientos.

También se mejoraron los enlaces con los barrios periféricos de Barcelona, se suprimieron los pasos elevados del tren en el casco urbano, se soterraron las vías del tren en el interior, en las calles de Aragón, Balmes y Vía Augusta, y electrificaron los tranvías. Fue el momento en el que se construyó el funicular para acceder al Montjuïc y el teleférico que unía el puerto con dicha montaña, obra de Carles Buïgas, aunque no se podría emplear hasta 1931 porque las obras se retrasaron un poco.

Esta verdadera revolución urbanística tuvo un impacto económico evidente porque demandó mucha mano de obra. Fue un momento de fuerte inmigración desde casi todos los rincones de España. Por eso, hubo que construir viviendas para los nuevos trabajadores, las conocidas como “casas baratas”, en Montjuïc, Horta, Bueno Pastor y Besós. Pero también es cierto que apareció un fenómeno de infravivienda, el conocido como barraquismo, porque muchos inmigrantes no podían acceder a una vivienda y se construyeron barracas con materiales de desecho. En 1930 había treinta mil barracas en Barcelona, especialmente en San Andrés, la montaña de Montjuïc y las playas de la Barceloneta y el Pueblo Nuevo. Ese fenómeno volvería a ser muy fuerte en los años cincuenta y sesenta.

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