En la época de la Restauración se impuso una ideología basada en los principios de la tradición, la autoridad simbolizada y ejercida por la monarquía y la religión. Estos principios se enfrentaban a los que había introducido la Ilustración y desarrollado la Revolución francesa, como eran el cambio, el triunfo de la voluntad humana, la libertad y la razón. En la Restauración estas ideas ilustradas y liberales fueron consideradas como destructoras del orden social, al favorecer el individualismo y la competencia, así como del orden político representado por la alianza entre el trono y el altar, entre la monarquía absoluta y la Iglesia. Los ideólogos más radicales de la época, como Von Haller, llegaron a considerar al monarca como el propietario legítimo de la nación, es decir, con derecho a actuar como un autócrata sin rendir cuentas a nadie ni a ninguna institución que ejerciera algún tipo de contrapeso. La soberanía nacional se convirtió, pues, en una verdadera herejía y los parlamentos fueron considerados como mecanismos intolerables porque permitían la expresión de esa soberanía. En cuanto a la Iglesia, se restauró su poder y se suspendieron las desamortizaciones emprendidas en algunos Estados.