Jacques Delors: un francés y un europeo universal
En estos tiempos de auge de políticos de bajas miras, de egoísmos de nacionalismos redivivos, de tendencias xenófobas y hasta racistas, de intentar volver a los refugios de las fronteras, el ejemplo de Jacques Delors, en el momento de su muerte, brilla con tanta luz que eclipsa casi todo lo posterior en esta vieja Europa herida, que parece cansada, y donde los herederos del europeísmo tienen que luchar denodadamente para no verse superados, y con un Reino Unido ajeno al proyecto común.
Delors fue un francés, muy francés, y por ello, muy universal. Fue un servidor público de su país, pero, sobre todo, comprendió desde el mismo que el futuro solamente estaba en Europa, a cuya causa dedicó gran parte de su vida.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial fue funcionario de Hacienda. Estudió, además, economía y política en la Sorbona. Precisamente, en 1973, ya con cincuenta años, es decir, a una edad madura, fue consejero del Banco de Francia, además de desempeñar la Cátedra de Gestión de Empresas en la Universidad de París. Pues, a pesar de que por su edad podría considerarse que no alcanzaría el protagonismo que terminaría logrando, aunque en Francia los políticos son muy longevos, decidió ingresar en el Partido Socialista en el año 1974. Cinco años después fue elegido diputado europeo, responsabilidad que desempeñó hasta 1984. Por su parte, entre 1981 y 1982 fue ministro de Economía y Finanzas en la primera Administración de Mitterrand.
El año 1985 fue clave en su carrera porque fue elegido para la presidencia de la Comisión Europea, imprimiendo en la misma un evidente entusiasmo y una intensa brillantez, resultado de sus convicciones. Su llegada al cargo se debió, en gran medida, además de por su valía, al apoyo de su país y de la Alemania de Kohl, cuando aquel eje franco-alemán funcionaba sin casi engrasarse.
Desde su alta responsabilidad se desplegó una actividad nunca vista en la institución ni anteriormente ni después. Dentro de su mandato entraron en la Comunidad Europa Portugal y España en 1985, mientras que hacían lo propio Austria, Finlandia y Suecia en 1994, justo al final de su década larga al frente de la Comisión.
Pero no bastaba con ampliar la Comunidad, sino de que se avanzara en la integración de sus miembros, un concepto básico a recordar hoy. Por eso impulsó el Acta Única en 1986, pero, sobre todo, el Tratado de Maastricht de 1992 que creó la Unión Europea. Anteriormente, había conseguido sacar adelante el Acuerdo Schengen, que estableció un espacio común. En uno de sus mandatos, por fin, se creó el programa Erasmus, hoy ya un instrumento fundamental de la educación superior europea y de integración al permitir el contacto de estudiantes de distintos países.
Delors, además, elaboró el famoso Informe que lleva su nombre donde explicaba la integración económica y monetaria, y que es del año 1989. Pero no solamente estuvo preocupado de este complejo sistema económico, sino también de su dimensión social, con el Libro Blanco sobre el empleo en Europa de 1993, basado en una concepción socialdemócrata sobre la importancia en la inversión en infraestructuras y tecnologías nuevas, algo que debe ser recordado hoy en España.
Pero el entusiasmo de Delors no sólo se plasmó en la creación de acuerdos, tratados, informes y políticas, sino también en la manera con la que tuvo que afrontar los problemas que se fueron generando, como la siempre complicada relación con los británicos, y más con Margaret Thatcher, los problemas o tormentas monetarias de los noventa y el no de Dinamarca al Tratado de Maastricht. Su habilidad diplomática son un ejemplo de lo que es y debería ser la política, sea cual sea el ámbito de su ejercicio.
Delors fue un socialista convencido, y un católico practicante, un hombre moderado y conciliador, pero no por ello audaz, como hemos visto. Su prestigio pesaba mucho para que el socialismo francés contara con él frente a Jacques Chirac, pero Delors no quiso entrar en la batalla política por la presidencia de su país, una decisión que le impidió, seguramente, ser presidente, pero en su decisión primó lo personal y lo político, y porque quería dejar un lugar en el futuro próximo político para su hija, Martine Aubry. Comprendió que no podía dificultar su futuro, en un acto de generosidad.
Después elaboró para la UNESCO el informe titulado, La educación encierra un tesoro. España le galardonó, como no podía ser de otra manera, con el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, y el Premio Internacional Cataluña de la Generalitat. Además, fue el primer galardonado con el Premio Europeo Carlos V.
Hoy honramos la memoria de un personaje fundamental, y desde un país que debe tanto a Europa y, en cierta medida, a Delors, pero, sobre todo, por su amor al continente y a la política con mayúsculas.