El peligro de la fosilización de la Constitución: el ejemplo del reinado de Alfonso XIII

Política

Tradicionalmente, se ha considerado que las Constituciones españolas del siglo XIX estaban muy vinculadas a los vaivenes políticos y que eran de partido. No fue así, realmente, porque todas, a excepción de la de 1812, la 1869 y el Proyecto, nunca aprobado, de la Primera República, siempre obedecieron a los intereses del liberalismo más moderado por mucho que se nos haya contado que fue progresista la de 1837. La Constitución de 1931 sí es novedosa porque consagraba el proyecto progresista del republicanismo en alianza con el socialismo, y también es cierto que la de 1978 fue otra novedad al ser la más consensuada.

 

Pero asistimos a una cerrada oposición por parte de las derechas, además de por las propias sugerencias de la cabeza del Estado, según su último discurso navideño, a cualquier reforma constitucional de cierta envergadura cuando no falta tanto para que nuestra Constitución cumpla su cincuenta aniversario. Se argumenta que se abriría un debate muy peligroso porque se podría cuestionar que España dejara de ser monárquica o que se entable un nuevo orden territorial, y llevaría, supuestamente, a la consabida y nunca, pero nunca, llevada a cabo destrucción de España. Si se había conseguido un consenso en 1978 habría que mantenerlo a ultranza, sin cuestionar nada y, por supuesto, convirtiendo la Transición y dicho texto en un mito fundacional.

En realidad, las derechas españolas son consecuentes, en parte, con su ideario conservador, es decir, el de conservar a cualquier precio y no acometer novedades de ningún tipo y menos de signo constitucional. Eso forma parte del ADN del conservadurismo y es complicado que se altere. Solamente favorece cambios si éstos refuerzan sus posturas aún más conservadoras, como las reformas que se emprendieron en tiempos de Aznar y Rajoy en distintas materias. Cambiar leyes o políticas es bueno si es para potenciar lo moderado, lo conservador y hasta lo autoritario. Estoy pensando, por ejemplo, en la ley mordaza que, a nuestro modo de ver, vulnera derechos constitucionales.

Pero el problema es que hay más Españas o ciudadanos y ciudadanas que quieren cambios, debates, que legítimamente plantean modelos de Estado y de organización distintos, y que quieren reforzamientos en el reconocimiento y garantía de derechos. Pero esas Españas y esos ciudadanos y ciudadanas, que son muchísimos, son tachados de irresponsables, en la crítica más benévola y de antiespañoles en la más radical. Al parecer, la defensa de cambios o de debates no se puede plantear porque todo llevaría a la destrucción de España y con eso se zanja todo, sin posibilidad de discutir nada. Las derechas españolas están en posesión de la patente de lo que debe ser, de lo que hay que hacer, y de cómo tiene que ser España. Fin de la discusión. Si te sales del guion, pues ya sabes lo que pasa, te montan una manifestación con banderas españolas, que son de su propiedad exclusiva, delante de Ferraz, en Colón, o por la Diagonal.

Pero es que todo esto no es nuevo. Los antecedentes de la España plural intentaron reformar la Constitución de 1876 para transformar un Estado liberal anquilosado, y que mantenía una clara dicotomía entre la España oficial y la real, en un Estado democrático. No se podía discutir nada, ni introducir nuevos derechos, ni reformar la estructura territorial (a lo sumo, una tímida ley de mancomunidades) ni pensar en un sistema nuevo. La cuestión, como ahora, no es que la España, digamos plural, tenga razón, ni mucho menos, porque esto de la razón en política es muy relativo, es que en el reinado de Alfonso XIII no se podía discutir, y en el de Felipe VI tampoco. Plantear novedades es traición a la patria, sea en 1917 con la Asamblea de Parlamentarios en Barcelona, o en 2023 una vez elegido un gobierno por quien puede elegirlo, es decir, el Congreso de los Diputados.

¿Vamos a repetir los errores de la España de Alfonso XIII, seguidos por los de Miguel Primo de Rivera?, ¿no estarían estos errores entre las muchas causas del fracaso de la República posterior?

Insistimos, no se trata de que sea mejor una República o una Monarquía, un sistema autonómico o federal, que los ayuntamientos tengan más autonomía y financiación o que sigan igual, o el fortalecer los derechos sociales o seguir dejando algunos en cierta indefinición, como el de la sanidad. No, lo que defendemos es que se pueda discutir casi todo de forma civilizada porque una parte de este país tiene derecho a cuestionar que nuestra Constitución se pueda convertir en un fósil como la de 1876.

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