¿Qué nos puede aportar el liberalismo del siglo XIX?: aprendiendo con Isabel Burdiel
El pasado día 31 de agosto la historiadora Isabel Burdiel, una de nuestras mayores autoridades del siglo XIX, publicaba en El País un artículo titulado “Juan Valera, el último caballero liberal”, que merece ser leído porque la historiadora es una mujer sabia y aporta apreciaciones que motivan a reflexionar. En mi caso, más que la propia glosa de la figura de Valera, un personaje harto interesante, por otro lado, me he quedado con las reflexiones que realiza sobre lo que puede aportarnos el liberalismo, especialmente a partir de la Revolución de 1848, aludiendo al libro de Christopher Clark, titulado Primavera revolucionaria. Clark explicaba, y así lo subraya Burdiel, que en estos tiempos en los que el liberalismo habría sido despojado de su carisma pero también vaciado de su historia era equiparado por la izquierda a “economía de mercado, colonialismo, plutocracia y violencia colonial”, mientras que la derecha sería una especie de moda izquierdista y fomentador de “licencia social”. Pero, y siempre según el historiador, conviene recordar que el liberalismo es “rico, diverso, arriesgado y vibrante”.
El liberalismo puede aportarnos una visión más serena de la política, de la necesidad de las discusiones pacíficas de las ideas y distintos intereses. Si eso era importante en aquella época, que salía del absolutismo y los dogmas incuestionables de la Iglesia, pero que también se enfrentaba a las demagogias y populismos radicales, que podían llevar al autoritarismo, y que se nutrían en el pueblo, hoy parece más que evidente esa lección.
Pero Burdiel, sagaz historiadora, que sabe ver todas las facetas de los fenómenos, nos avisa que en ese mismo siglo XIX los liberales demócratas y republicanos, ampliando los límites del liberalismo hacia la izquierda, alertaron que el liberalismo también podía tener “puntos ciegos e inconsistencias surgidas del propio interés”. Por eso, esos grupos aportaron la importancia de la democracia para corregir la tendencia elitista del liberalismo.
No me gustan los planteamientos maximalistas ni en la vida ni en la historia, y estas apreciaciones de Isabel Burdiel me reafirman en mi postura. Del liberalismo podemos aprender esa virtud de la discusión, la pasión contenida por el debate y por la política en sí; es más, podemos aprender de la educación y del respeto al contrario, de plantearnos las cosas sin prejuicios y de buscar convencer más que vencer. Pero, y esta es la otra cara del asunto, debemos recordar que el liberalismo, después de una fase más revolucionaria, tendió al más puro elitismo, al divorcio con las necesidades de la población, metido en parlamentos donde la oratoria era un placer, pero donde importaba bien poco el parecer de los que no podían progresar, ni tan siquiera recibir una educación digna.
Siempre me he pensado como un liberal, amante de los debates, de la cultura, del contraste de las ideas, de escuchar discursos brillantes, y de procurar hacerlos a esa altura, pero también he intentado huir de la tentación elitista que no siente empatía alguna por los que sufren.
Gracias por tu artículo, Isabel Burdiel.