Pactar con la extrema derecha: una decisión antigua y avisos a la derecha clásica
Los paralelismos históricos son complejos y conviene ser cautos, pero también es cierto que los materiales que nos ofrece la Historia pueden ayudarnos a reflexionar y evitar tomar decisiones peligrosas.
La llegada de dictaduras tan terribles como las que representaron el régimen fascista italiano y el nazismo alemán no fue fruto de las urnas. En el caso primero es muy evidente, pero es más compleja la situación segunda. Mussolini presionó, manipuló, utilizó la violencia y se inventó la “Marcha sobre Roma”. Al final el sistema político liberal-democrático, aunque con muchas carencias democráticas, realmente, y representado en el monarca Víctor Manuel, le otorgó el poder con la esperanza por parte de las élites políticas de que a través de esta decisión se podría enderezar la economía italiana de posguerra y se terminaría con la fortísima contestación social. Pues bien, una vez abierta la puerta del poder, Mussolini maniobró, eso sí, con algunas dificultades, para en un lapso de tiempo no muy largo destruir el sistema parlamentario y establecer una dictadura de dos décadas que metió de forma insensata a los italianos en una guerra donde se cometieron errores garrafales y murieron muchos italianos defendiendo el imperialismo y el posible triunfo del nazismo. Mussolini, en principio, no tuvo un gran respaldo electoral, obteniéndolo cuando manipuló las elecciones, con legislación incluida, una vez que alcanzó el poder.
Hitler sí contaba con respaldo electoral evidente dentro de un sistema electoral infinitamente más democrático que el italiano, como era el la República de Weimar, pero en la misma el Gobierno, aunque necesitaba el respaldo del legislativo para funcionar, algo parecido al sistema político republicano español, era nombrado por el Jefe del Estado. Alcalá-Zamora se resistió a dar el poder a Gil Robles después de las elecciones de 1933, y se lo otorgó a Lerroux, que representaba una potente fuerza política más comprometida con la República, pero por detrás de la CEDA. En Alemania, el sistema, representado por un avejentado y elitista Hindenburg, terminó por considerar que para salir de la crisis política de los últimos años con tantas elecciones y también de la crisis socioeconómica, se podría nombrar canciller a Hitler en un Gobierno heterogéneo de fuerzas de las derechas para que acometiera los problemas, pudiendo ser controlado por el resto de políticos, para luego liquidarle porque era útil, pero no pertenecía al universo conservador. Ya sabemos lo que pasó.
¿Y por qué contamos esto? Pues porque meter en un Gobierno a la extrema derecha o alcanzar acuerdos con la misma desde fuera, como parece que pretende el Partido Popular, y ha hecho en Administraciones autónomas y municipales, es sumamente peligroso. La extrema derecha no respeta el juego democrático y si tiene poder puede hacer mucho daño al sistema y a las personas que no comparten sus ideas o sus valores, actitudes y formas de vida. Y no es fácilmente controlable. Si en el Partido Popular piensan que pueden manejar a unos hipotéticos ministros o altos cargos de extrema derecha se equivocan, a menos que terminen compartiendo gran parte de sus principios, y entonces la contaminación extremista se habrá extendido.
Al final, existen las decisiones y todas tienen sus consecuencias. ¿Está dispuesto el líder de la derecha clásica a asumir esos riesgos?, ¿realmente, cree que eso es bueno para España, para los españoles y para el propio partido que encabeza?, ¿quiere asumir la xenofobia, el racismo, la homofobia y el intenso machismo que destilan los extremistas, conculcando los principios y valores sobre los que se sustenta este país desde que tenemos Constitución?, ¿esa es la centralidad que reclama frente a la supuesta deriva radical del Gobierno actual? Pues, mire, si lo asume, muchos y muchas tendremos que movilizarnos en las urnas para evitarlo. Miedo da.