Educados para el privilegio

Política

Ciertamente desde que existen monarquías parlamentarias los miembros de las familias reales no pueden hacer todo lo que ellos quieran y se han impuesto límites, muchos más que los que se pusieron en las primeras monarquías constitucionales decimonónicas y, por supuesto, infinitamente más que en las monarquías absolutas.

 

Pero no parecen límites suficientes y las responsabilidades se han estado soslayando y no hemos sabido nada de nada, solo rumorología. Pero también es cierto que en nuestro mundo actual eso ya es más difícil, y lamentablemente, no porque existan fuertes mecanismos de control sobre estos personajes, que siguen siendo muy endebles si los comparamos con los que existen sobre los políticos hasta los de mayor altura; fíjense en el reciente caso de un expresidente de la V República francesa, un personaje que tenía infinitamente más poder que un monarca europeo. Decíamos que es más difícil estar exentos de responsabilidad y no por mecanismos institucionales, pero sí por la presión de los medios que, independientemente de que en ocasiones se extralimitan vulnerando algunos derechos, también es cierto que gracias a ellos hemos ido sabiendo muchas cosas de lo que hacen algunos de estos personajes que, en ocasiones, son verdaderos delitos y muy graves. Esta presión está motivando debates sobre las responsabilidades “reales” y también decisiones más o menos drásticas de algunos reyes sobre parientes cercanísimos, como estamos viendo en Zarzuela y en Windsor en estos tiempos.

Lo más lamentable es que durante tanto tiempo han podido estar por encima de la ley, aunque ya no puedan decir que “el estado son ellos” en esa frase famosa del inquilino de Versalles. Han sido educados en que, aunque no pueden ya gobernar, sí vivir muy bien, y hacer lo que quieran porque son herederos de esa visión de que casi son divinos. Luego se lamentan mucho en público, hacen “meas culpas” mediáticos y esperan que la opinión pública les perdone sus “pecaditos”, que si una comisión por ahí, que si una relación con personajes de dudosa reputación para conseguir acercarse al poder político por allá, que si tener sexo con todas las señoras del mundo o con menores, que si regalos maravillosos de otros personajes reales de fuera de Occidente, etc.

En estos días estamos asistiendo a dos espectáculos lamentables en dos familias reales antiguas, de rancio abolengo. Estamos sabiendo más cosas del que esperemos pronto ni sea príncipe, el ciudadano Andrés de Windsor y más cerca, aunque viviendo más lejos, de las entrevistas que ha concedido el rey emérito a medios franceses a cuenta de sus memorias. Lo del primero ni lo nombramos porque da asco total. Desde mi más acendrado republicanismo agradezco al príncipe Guillermo que haya presionado a su padre para que envíe al infierno a ese personaje que vivió haciendo lo que le daba la gana con personajes perseguidos por la justicia norteamericana.

¿Y el rey emérito?, ¿qué produce más escándalo, su pena porque no debía haber recibido un regalo de millones de dólares, que no debía haberse relacionado con personajes dudosas de la época del “pelotazo”, de que lamenta mucho que “Sofi”, es decir, la reina Sofía, no vaya a verle después de los “cuernos” infinitos, o que su hijo es un buen rey pero un mal hijo porque es frío con él? Ayer hacía gracia, hoy, produce un rechazo general. Quien todo lo tuvo, incluido un aprecio popular raramente alcanzado por un Borbón español, el mismo se ha encargado de dilapidar en dos minutos. Y al igual que desde mi republicanismo he felicitado al príncipe Guillermo, también tengo que hacerlo con el rey Felipe que está demostrando ser poco Borbón y más un miembro de una dinastía danesa-germana, la de su madre.

Educados para que todo les sea debido, personajes lamentables.

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