En julio de 1834 se produjo una matanza de frailes en Madrid, suceso que tuvo mucho de motín de subsistencias, aunque no vinculado tanto a la escasez de pan como a la de agua potable en plena epidemia de cólera. El objetivo de la violencia fue el clero, al que se le hizo responsable del envenenamiento del agua y de la expansión de la epidemia. En aquellos difíciles momentos, desde muchos púlpitos se había explicado que los males que azotaban a la capital eran fruto de la cólera divina en castigo por la deriva política hacia el liberalismo. Entre las clases populares urbanas calaron los valores del anticlericalismo. La realidad social era interpretada como resultado de las actividades perniciosas del clero: holgazanería, lujuria, avaricia, engaño y hasta el recurso del asesinato.