Militantes y simpatizantes en el socialismo: reflexiones de 1930

Historia

Uno de nuestros temas favoritos de investigación tiene que ver con el del compromiso político en la historia contemporánea, con las causas por las que determinadas personas terminan en un determinado partido político o causa, así como con las opiniones que se han ido vertiendo sobre este particular. En este caso queremos recuperar un texto de septiembre de 1930 de El Socialista sobre militantes y simpatizantes en la causa socialista donde se incluye una tipología sobre el grado de compromiso, que nos parece harto sugerente para ahondar en este particular.

 

Después de teorizar sobre lo que era un simpatizante, es decir, un “sujeto que está conforme con determinada ideología”, el periódico obrero se congratulaba de encontrar personas que participaban del modo de pensar socialista, conformando una suerte de fraternidad.

Pero también se quería reflejar que había grados en la simpatía. Incluyendo a los afiliados, que estrictamente serían los efectivos simpatizantes con lo que en todo caso se podía contar, y rompiendo la línea divisoria que los separaba de los no inscritos en las listas del Partido, el periódico se atrevía a realizar una tipología, como hemos señalado.

En primer lugar, estaban los afiliados “fervorosos”, que por todos los medios a su alcance colaboraban en la propagación y exaltación del socialismo. Pagaban sus cuotas con diligencia y contribuían, en proporción a sus fuerzas, con recursos materiales. Además, leían y divulgaban cuanto podían la prensa, se desvivían atrayendo prosélitos con la palabra y el convencimiento cuando hallaban ocasión, acudían a las elecciones, votaban y trabajaban para que otros votasen también. Por fin, tenían una conducta honrada, y eran dignos militantes.

En segundo lugar, estaban los afiliados que estaban al corriente de la cotización y eran suscriptores del periódico del Partido.

Los terceros se contentaban con abonar la cuota sin preocuparse de más, leyendo de vez en cuando y de prestado la prensa socialista, pero comprando a diario periódicos burgueses.

El cuarto grupo estaría formado por los que estaban en el Partido por compromiso, por inercia, por conveniencia propia, con miras egoístas, y sin entusiasmo, en fin, sin plena convicción de sus ideas. Serían militantes escépticos, pesimistas, indiferentes, y remisos en el pago.

En el quinto grupo estarían ya los simpatizantes propiamente dichos. Los que de buen grado ingresarían en el Partido, pero por razones “atendibles y moralmente insuperables” se quedaban fuera, haciendo cuanto podían por la propagación y mejoramiento de la causa. El periódico hablaba de legatarios y donadores anónimos, ciertos empleados cuyo puesto peligraría, etc.

En el sexto grupo estarían los que se limitaban a alegrarse del progreso y triunfos del socialismo, y a lo sumo se arriesgaban alguna vez a votar a los candidatos socialistas.

Por fin, el séptimo grupo estaría formado por los que en sus pensamientos estaban contra el régimen de explotación y se sentían profundamente socialistas, pero no pasando de ahí. Jamás se atrevían a confesarlo en público o lo hacían muy discretamente a algún correligionario. Pero su afecto oculto o hasta platónico hacía que se quedaran sin prestar ayuda alguna.

Para el periódico obrero el grupo mejor era, lógicamente, el primero porque se defendía en las páginas del diario que cuando se abrazaba un ideal había que amarlo apasionadamente, con “grandeza de alma”. A la publicación no gustaban los del término medio, los pacatos y anodinos, los que pasaban por la vida de forma anónima. Y el peor grupo era el último porque sus componentes representaban una neutralidad equiparable a la nada. El papel de simpatizante más airoso sería el del tipo quinto.

Hemos trabajado con el número 6737 de El Socialista, del día 11 de septiembre de 1930.

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