Isidoro Acevedo y la acción integral socialista

Historia

En este apunte de “Textos Obreros” nos acercamos a un texto de Isidoro Acevedo sobre la acción integral defendida por los socialistas, en la persona de Isidoro Acevedo, es decir, la combinación de la acción económica o de resistencia, con la acción política en las instituciones, sin olvidar la cooperación. Vendría a ser un testimonio más de la táctica socialista que, como bien sabemos, combinaba las tres acciones. El texto se publicó en el número del 27 de junio de 1914 de Acción Socialista.

 

Isidoro Acevedo (1867-1952) fue tipógrafo, escritor y socialista, aunque terminaría saliendo del Partido al ser partidario de la adhesión a la Tercera Internacional y convertirse en uno de los fundadores del Partido Comunista. Fue famoso en su trayectoria socialista por su debate con el anarquista Emilio Carral en Santander, hecho que recordamos en esta pieza porque tendría que ver con el contenido de este artículo, un análisis de la estrategia socialista, en gran medida, frente a la anarquista.

Precisamente, Acevedo avisaba que convenía mucho tratar de la acción integral socialista para contrarrestar los efectos de la denominada “acción directa”, defendida por el anarquismo, aunque también para evitar las confusiones que detectaba en el mismo campo socialista, donde no todos dominaban bien la táctica socialista. El verdadero socialista, para Acevedo, no perdía el tiempo en disquisiciones sobre si se debía dar preferencia a la acción económica de resistencia, a la política o al cooperativismo y el mutualismo.

El verdadero socialista no desdeñaba ninguna de estas acciones, y preconizaba la acción integral porque con ella se combatía al enemigo en todos los campos.

La acción de resistencia en el taller, la fábrica, la mina o en el campo era la lucha por aumentos salariales, por la disminución de la jornada y por conseguir un mayor respeto para el trabajador. Esta acción económica no podía ser desdeñada por el verdadero socialista.

De la acción política también se derivaban beneficios, siendo, fundamentalmente, la lucha contra los privilegios de orden jurídico de los poseedores del capital y de los instrumentos de trabajo. En el ámbito municipal era la lucha contra los intermediarios que encarecían y monopolizaban la vida, era conseguir colonias y cantinas escolares (comedores), así como una distribución más justa y equitativa de la hacienda local. En la Diputación Provincial se trataba de conseguir el fin del caciquismo y luchar contra el clericalismo que dominaba las “casas de corrección” y las instituciones benéficas. Por fin, en el Parlamento, la acción política iba encaminada a la creación de leyes sociales que amparasen los derechos de los obreros y mejorasen sus condiciones de trabajo, sin olvidar la labor de fiscalización de los actos del Gobierno, que apoyaba los egoísmos de la clase capitalista.

En relación con la cooperación, se conseguía refrenar la avaricia de los comerciantes, regulando el precio de los artículos de consumo y se proporcionaba recursos para la lucha social y para la difusión de las ideas socialistas, sin desdeñar su contribución a crear hábitos de administración colectiva. No debía olvidarse que la sociedad del futuro vendría a ser una mundial cooperativa de producción y consumo.

Por esas tres vías se llegaría al fin de la esclavitud y a la implantación de la sociedad socialista. La acción a emprender no podría ser unilateral y simplista, sino integral, insistía Acevedo. Con las sociedades de resistencia y sindicatos se atenuaba la explotación y se reducía la fuerza de la burguesía. Con la acción política se transformaba la legislación y se cambiaba la naturaleza del Estado en un sentido socialista. Por fin, con la acción cooperativista se conseguía apoderarse del mercado y se atajaba el monopolio individual.

Toda acción que tendiese a destruir el privilegio y aminorar la explotación del hombre por el hombre, en la variada gama que dicha explotación se verificaba, debía ser aceptada y practicada por el socialismo, que no era una doctrina de soñadores utópicos ni de revolucionarios inorgánicos, ni tan siquiera de espíritus atormentados por la pasión. El socialismo sería una doctrina científica que habría de triunfar, empleando una táctica racional, basada en la realidad de la vida y de la sociedad.

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