Madeleine Pelletier ante el sufragio femenino en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas (1910)

Historia

Madeleine Pelletier opinó sobre la cuestión del sufragio femenino, según lo suscitado en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas de 1910. Nos interesa rescatar su posición, habida cuenta de la importancia histórica de la feminista francesa.

 

Madeleine Pelletier (1874-1939) fue una destacada psiquiatra y activista francesa por los derechos de las mujeres. Tiene el honor de ser la primera mujer francesa psiquiatra. Pero, además, Pelletier desde muy jovencita se implicó en el compromiso, especialmente por los derechos de la mujer. En 1906 sería secretaria de La Solidarité des femmes, fundamental organización de su época. En 1908 representó a esta asociación en la manifestación por el derecho del voto en Hyde Park, que le hizo escribir La Suffragiste. Además, estuvo en la fundación de la SFIO en 1905, y representó al socialismo francés en congresos internacionales. En la Gran Guerra trabajó para la Cruz Roja. En 1921 viajó a la Unión Soviética, de cuya experiencia salió Mon voyage avetureux en Russie Communiste, y su afiliación al Partido Comunista Francés, aunque terminaría abandonándolo para evolucionar hacia el anarquismo.

Pelletier explicaba en su escrito que se habían presentado en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, como hemos visto en un anterior artículo, dos mociones que pedían el voto femenino; una de ellas hablaba de la concesión según se regulaba para los hombres en los países interesados, y la otra, la alemana, que exigía para cualquier nación el sufragio universal para todas las mujeres que, como admitía, fue la que prevaleció.

A la feminista francesa le parecía bien. En Francia, donde había sufragio universal masculino, las mujeres votarían con arreglo a ese tipo de sufragio cuando se reconociese su derecho a votar (bien sabemos que tardaría mucho, más treinta años, después de la Segunda Guerra Mundial). Una restricción que se basara en su nivel de renta o títulos universitarios tendría pocas posibilidades de ser adoptada en su país. En todo caso, si se establecía algún tipo de restricción recaería solamente en el tipo de elección, es decir, que podía ocurrir que se concediera antes el voto municipal que el legislativo.

Pero en los países de sufragio restringido, Pelletier pensaba que las mujeres habrían obtenido más rápidamente apoyos si se hubieran contentado con reclamar el voto en las mismas condiciones que lo tenían los hombres.

Por otro lado, consideraba que las socialistas alemanas tenían razón queriendo separar el feminismo socialista del feminismo burgués. La colaboración de clases era más difícil de realizar entre mujeres que entre hombres. Mezcladas con las mujeres proletarias las mujeres ricas no podrían evitar realizar alardes de superioridad. Pero esto no era razón para confundir dos cuestiones que eran, a juicio de nuestra autora, esencialmente distintas, es decir, el acceso de las mujeres a la vida política y el sufragio universal masculino. Se podía ser partidario de la extensión a todos los hombres del derecho al voto al mismo tiempo que radicalmente contrario al voto femenino, como se podía comprobar con el ejemplo histórico de la Convención de 1793 en la Revolución Francesa.

Del mismo modo, pensaba Pelletier, en interés de la propaganda y para atraer a las mujeres, las alemanas hubieran hecho mejor conformándose con el sufragio restringido: “¡Qué poder de persuasión se tendría sobre la obrera cuando se la pudiese mostrar á la mujer rica admitida en un sufragio de que á ella se la excluía por ser pobre! ¿Qué antagonismo de clase se suscitaría con esto!” En todo caso, había que admitir que el Partido Socialista en Alemania tomaba muy en serio a las mujeres socialistas, y cómo éstas no habían reivindicado nada especial para sí mismas, Pelletier estaba muy segura de que los socialistas alemanes rechazarían enérgicamente el sufragio universal si se pretendía limitarlo exclusivamente a los hombres.

El trabajo de Pelletier fue publicado en castellano por Vida Socialista, en su número del 25 de septiembre de 1910

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