La creación del Parque de la Ciudadela en Barcelona

Historia

En el año 1841, la Junta de Vigilancia inició el derribo de la fortaleza de la Ciudadela, pero el fracaso del pronunciamiento de O’Donnell contra Espartero en Pamplona frenó la iniciativa. El Ayuntamiento de Barcelona fue obligado a reconstruir lo derribado, unas obras que duraron casi un decenio, hasta 1850. En todo caso, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX se realizaron en el entorno de la Ciudadela algunas reformas urbanísticas, como la apertura del Paseo de la Explanada en 1797, que fue una amplia avenida con álamos y olmos y fuentes ornamentales, el único oasis que tuvo en ese momento la ciudad. Después desaparecería con la urbanización de la Ciudadela, como vimos para el caso del Jardín del General. En el plan de Cerdá la Ciudadela debía estar ocupada por manzanas de casas, excepto en su parte norte, donde ubicaba un parque y un centro de servicios, pero esta parte del plan no se realizó. El estallido de la Revolución Gloriosa abrió ya el camino para la definitiva demolición de la Ciudadela. El Gobierno Provisional aprobó el 12 de diciembre de 1869 el decreto que cedía la fortaleza a la ciudad con la condición de que se abriese un jardín público y el Ayuntamiento se hiciera cargo de todos los gastos. Las obras de demolición corrieron a cargo del arquitecto municipal Antonio Rovira i Trías.

 

Surgieron unos primeros proyectos en relación con el espacio que se iba a quedar libre. En este sentido, estarían los de Miquel Garriga, Josep Fontserè y Ermengol Támaro. Los proyectos de los tres coincidían en la necesidad de establecer una amplia zona dedicada al ocio, pero también en la construcción de un palacio de exposiciones. La comisión municipal encargada del futuro de la Ciudadela, y que presidía Francesc de Paula Rius i Taulet, convocó un concurso público en el año 1871. Pero, en realidad, no estuvo muy bien planteado porque las bases eran muy ambiguas y se permitió que pudieran presentarse no solo arquitectos. Y, además, ganar el concurso no significaba que se adjudicasen las obras al premiado. En marzo de 1872 el concurso fue declarado desierto, aunque se concedió un accésit al proyecto de Fontserè, pero estalló una polémica porque se consideró que su adjudicación se había hecho a dedo. Además, el premiado no era arquitecto sino maestro de obras, por lo que no podía emprender obra alguna. Otra mención fue entregada al arquitecto italiano Carlo Mciachini. Su proyecto unía lo estético con lo académico, pero presentaba un grave problema y que no era otro que no se conectaba con la trama urbana de la ciudad, mientras que el de Fontserè si planteaba esta conexión con la trama que había diseñado Cerdà en el ensanche.

El proyecto de Fontserè se basaba en amplios jardines, una plaza central con un palacio de exposiciones, un paseo de circunvalación, una fuente monumental y varios elementos ornamentales, dos lagos, un bosque y varios edificios auxiliares, así como algunas infraestructuras, como el mercado del Borne, un matadero y hasta un depósito de agua, así como un puente de hierro sobre el ferrocarril y otros servicios. El proyecto se realizó solamente en parte. En realidad, no se construyó el gran palacio destinado a la plaza central, aunque, al menos se abrió uno de los dos lagos proyectados. En relación con los jardines, Fontserè optó por la solución romántica, caracterizada por la frondosidad frente a los parterres propios de los jardines a la francesa.

En marzo de 1872, la dirección de las obras fue adjudicada a nuestro protagonista, pero con una comisión en la que había tres arquitectos, Elías Rogent, Joan Torras y Antoni Rovira i Trias. Las obras comenzaron en 1873 y duraron hasta 1886. En ese momento se pondría en marcha el proyecto de Exposición Universal y Fontserè fue sustituido por el arquitecto Rogent.

Se tardó tanto en las obras porque no se planteó una estrategia de conjunto, sino que hubo que ir aprobando las distintas partes una a una, por lo que se desvirtuó, en gran medida, el proyecto originario de Fontserè, sin olvidar las dificultades financieras y los pleitos que generaron los herederos de los propietarios desposeídos en tiempos de Felipe V cuando se construyó la fortaleza. Además, los cambios políticos afectaron a la obra. Fontserè fue un destacado republicano y cuando se instauró el régimen de la Restauración tuvo que pedir permiso para cada obra o intervención, además de perder frente a otras alternativas. En este sentido, su idea para el Museo Botánico fue desestimada por otra de Rovira i Trías.

En la Cascada Monumental, Fontserè contó con la ayuda de un joven Gaudí, especialmente en la gruta artificial debajo de la Cascada. Seguramente, también estuvo en el trabajo de la reja de entrada y en la balaustrada del monumento de Aribau. La jardinería estuvo a cargo de Ramón Oliva, director de los jardines de Barcelona desde 1874 y que se convertiría en un personaje clave de la jardinería española decimonónica porque sería responsable del Campo Grande de Valladolid y del Campo del Moro en el Palacio Real de Madrid. Oliva fue un personaje interesante porque conocía bien las novedades en jardines del siglo XIX gracias a su formación en Bélgica. La Revolución Industrial no sólo afectó a las construcciones con la introducción del hierro, sino también en la jardinería, con el uso de maquinaria, sin olvidar que en un saber tan artístico desde tiempo inmemorial se introdujeron criterios de gestión como si se tratase de una empresa.

Cuando Rius i Taulet llegó a la alcaldía en 1881 impulsó las obras. Al año siguiente se terminó la Gran Cascada, en 1883 lo hacía el Umbráculo, respetando esta vez, el proyecto de Fontserè, así como la Vaquería Suiza, que fue un café-restaurante abierto al lado de la Estación de Francia. Eso ocurría en 1884. En ese momento, se decidió mantener algunos de los edificios de la antigua fortaleza para convertirlos en museos y palacios de exposiciones. Esa decisión fue la causa de que el gran palacio proyectado por Fontserè no viera nunca la luz. En 1888 se construyó el puente que conectaba el parque con el mar por encima de las vías del tren, obra del ingeniero Cayetano Buigas, aunque al terminar la guerra civil sería derribado por su estado.

En los años ochenta se puede afirmar que el parque adquirió una especie de concepción más simbólica y hasta catalanista, como lo atestiguaría el proyecto de una galería de catalanes ilustres, aunque no se pondría en práctica hasta el nuevo siglo.

En todo caso, el parque de la Ciudadela se había concebido como un parque científico y cultural, muy en la línea del siglo, tan interesado en las innovaciones de todo tipo. Así debemos entender el Umbráculo, el Invernáculo, los museos de Geología y Zoología. También se levantó, aunque ya no existe, un parque meteorológico, que planificó el científico José Ricart i Giralt en 1884. También se proyectó una serie de réplicas de animales prehistóricos, pero solamente se realizó el Mamut, obra de Miquel Dalmau en 1907. Por otro lado, no se pudo poner en práctica el proyecto de un parque geológico, aunque queda la réplica del macizo de Montserrat, que hoy se encuentra en el recinto del parque zoológico, además de una gruta de estalactitas pero que no se puede visitar.

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