En el año 1841, la Junta de Vigilancia inició el derribo de la fortaleza de la Ciudadela, pero el fracaso del pronunciamiento de O’Donnell contra Espartero en Pamplona frenó la iniciativa. El Ayuntamiento de Barcelona fue obligado a reconstruir lo derribado, unas obras que duraron casi un decenio, hasta 1850. En todo caso, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX se realizaron en el entorno de la Ciudadela algunas reformas urbanísticas, como la apertura del Paseo de la Explanada en 1797, que fue una amplia avenida con álamos y olmos y fuentes ornamentales, el único oasis que tuvo en ese momento la ciudad. Después desaparecería con la urbanización de la Ciudadela, como vimos para el caso del Jardín del General. En el plan de Cerdá la Ciudadela debía estar ocupada por manzanas de casas, excepto en su parte norte, donde ubicaba un parque y un centro de servicios, pero esta parte del plan no se realizó. El estallido de la Revolución Gloriosa abrió ya el camino para la definitiva demolición de la Ciudadela. El Gobierno Provisional aprobó el 12 de diciembre de 1869 el decreto que cedía la fortaleza a la ciudad con la condición de que se abriese un jardín público y el Ayuntamiento se hiciera cargo de todos los gastos. Las obras de demolición corrieron a cargo del arquitecto municipal Antonio Rovira i Trías.