Un canto masónico al optimismo en un tiempo de crisis
En un tiempo de fuertes tensiones como fue el de los años treinta un masón (L.M.R.) nos ha dejado toda una invitación al optimismo en las páginas del Boletín Oficial y Revista Masónica del Supremo Consejo del Grado 33 para España y sus dependencias (junio de 1934).
Sí, era preciso ser alegres y cultivar el optimismo porque el mal humor lo afeaba todo. Las obras que se emprendían contentos salían bien. En todo caso, al igual que había que desterrar el mal humor también era cierto que no convenía un exagerado optimismo porque era fácil que se generasen desilusiones. El trabajo de L.M.R. era un canto a la vida, a la contemplación “de sus colores y el olor de sus perfumes”. El optimismo era sinónimo de generosidad, comprensión y benevolencia. Un individuo sano de cuerpo y “bueno de espíritu” estaría pletórico de alegría, que, por supuesto, no excluía la seriedad. Había que amar lo bello de la naturaleza, el arte, la poesía, además de que convenía envolver con el “velo de la benevolencia” cuanto pudiera generarnos disgusto, pero, además, convenía disculpar las faltas, los errores y las debilidades de los demás. No debería molestarnos el amigo que sin quererlo venía a interrumpirnos en nuestros trabajos y meditaciones. En compensación de los buenos ratos de otras veces, deberíamos atenderle dándole muestras de nuestro afecto. Recordemos a Voltaire, todo un sabio, dominado por el más sano optimismo. Conocía bien la parte desagradable de la vida, pero se rió mucho y se burló de casi todo. Pero no había sido el único hombre sabio con corazón alegres. Hay estaban Lutero, Milton, Alfieri, Samaniego, Quevedo, Goldsmith, Zola o Swift, entre tantos otros. Al francmasón debía satisfacerle todo, contentarse con todo y por todo. Cuando un masón se hallase sumido en el dolor, debía pensar siempre que había otros que eran más infelices o que pasaban por trances más penosos. Esta reflexión debía servir siempre a un masón en todos los momentos difíciles de la vida. Pero, además, nuestro protagonista era consciente del tiempo en que vivía, y por eso pedía que los hombres se dejaran de hacer la guerra, de pelearse los unos con los otros. Y eso ocurría porque los hombres eran tristes. Les roía la tristeza por el triunfo de otros, por el talento de los demás o por el bienestar de los ajenos. La pesadumbre por el bien de los demás convertía a los hombres en desdichados, les amargaba la vida y generaba encono.
La humanidad estaría “loca de egoísmos fieros, de tristezas, de prejuicios y de pesadumbres”.
Sugerente aportación, creemos.