El recuerdo a las víctimas de la dictadura cincuenta años después

Memoria histórica

En el cincuenta aniversario de la muerte de Franco se agolpan recuerdos, sensaciones y ejercicios más racionales, derivados de las experiencias y vivencias personales, de las de tu entorno familiar, de los procesos que viste, de tus lecturas y de tu formación como historiador, desde que eras un niño de diez años y después como un joven y adulto concienciado y con compromiso.

 

Todo eso te va conformando hasta esta madurez en un siglo XXI ya avanzado. Pero en estos días, entre todo lo que hemos expresado anteriormente, hay un sentimiento que desborda todo, y que me gustaría compartir. T

iene que ver con las víctimas de la dictadura, desde las primeras hasta las últimas, de los cientos y cientos de miles de españoles y españolas que fueron fusilados, torturados, saqueadas sus haciendas y bienes, depurados, escarnecidos, insultados, golpeados, humillados, así como sus familiares que también fueron víctimas, y a aquellos que marcharon para el exilio, unos a combatir el fascismo y otros a intentar vivir en paz y ofrecer su saber y su trabajo en otras tierras más generosas.

Todos ellos son importantes, todos y cada uno, con sus grandezas y con sus miserias personales. Recordarles con emoción es importante, pero mucho más recordar que aquello sí fue sufrimiento y que su ejemplo nos sirve de inspiración en el trabajo diario de hacer que funcione nuestra democracia, ahora que es asaltada por populismos de antiguas raíces y modernos métodos, y que vuelven a mentir y escarnecer a las víctimas.

Aquel régimen comenzó matando y murió matando. En estos días del otoño de 2025, entre la lluvia y el viento se cuela como un corriente, aunque no violenta, sino casi como una brisa, el recuerdo de los que sufrieron tanto sin razón, sin motivo.

Una democracia vigorosa no puede vivir sin la memoria, pero no la nostálgica y que paraliza, sino la que da sentido a nuestras vidas y nos hace entender cómo somos y qué pretendemos.