Un texto de Pi y Margall sobre la propiedad de la tierra
Recuperamos un texto sobre la propiedad de la tierra de Pi y Margall, publicado póstumamente, por Vida Socialista en su número del 18 de junio de 1911, siguiendo nuestro interés por aportar materiales sugerentes desde la Historia. El destacado político e intelectual republicano realizaba una crítica sobre la estructura de la propiedad imperante.
El texto:
“La propiedad de la tierra Hoy el propietario es incondicionalmente dueño de la tierra que ocupa. La goza en vida; la transmite á sus herederos. Puede á su albedrío enajenarla por venta, por permuta, por donación, por cualquier otro título. No la rige ni la ha de regir nunca por el ajeno interés, sino por el propio. La destina á la producción ó la convierte en parque de caza; la cultiva ó no la cultiva. Ni porque la deje años y años yerma, ni ¡porque totalmente la olvide, ni porque se haya desdeñado de conocerla, pierde nunca el derecho de cerrarla á sus semejantes. La pierde por prescripción, más sólo tolerando ajenas intrusiones.
¿Se decide á cultivarla? Busca, si es algo extensa, braceros que se la abonen, se la aren, se la siembren, se la escarden, le sieguen y le agavillen el trigo, le trillen en la era las parvas, le planten y le poden los árboles, le rieguen la huerta, le cuiden el ganado, le recojan y amontonen el heno y practiquen las demás labores que la agricultura exige. Retira en recompensa de la dirección de los trabajos todo el fruto, y paga á sus gañanes con salarios que apenas les permiten malvivir en míseros tugurios.
Aquí, cuando menos, ha de pensar en su finca y correr el riesgo de las malas cosechas. Si aun esto quiere evitar, la cede en arrendamiento. Sin cuidado de ningún género cobra entonces la mejor parte de los frutos en una renta que no disminuyen ni las sequías, ni el granizo, ni la langosta, ni el oidium. No tiene ya la tierra en su mano, y con todo la posee como dueño; vencido el término del contrato ó el de la ley, puede lanzar al colono que más se la fecunde con el sudor de su rostro y el de sus hijos. Su colono, trabajando, no gana nunca poder alguno sobre la tierra, y él, sin trabajar conserva el que adquirió por su título.
Gracias á este régimen, el del dominio, la tierra, que debería haber sido para todos los hombres, fuente de libertad y de vida, ha venido á ser para los más origen de pobreza y servidumbre. ¿Cabe en lo humano que se deje tan en absoluto á merced de unos pocos lo que para todos es necesario?”