La explotación del trabajo femenino a domicilio en la España de los años veinte
En algunos trabajos hemos estudiado cómo el sindicalismo socialista denunció las condiciones del trabajo a domicilio en la España de los primeros decenios del siglo XX, un tipo de trabajo que era mayoritariamente desempeñado por mujeres. Para seguir completando este estudio nos acercamos al análisis y denuncia de este tipo de trabajo que se publicó en el mes de diciembre de 1926 en El Socialista, calificado de “inicua explotación”. Nos ofrece una valiosa información sobre una situación poco estudiada, aunque conocida, en parte, por la literatura, especialmente, la realista y naturalista del último cuarto del siglo XIX.
Los socialistas consideraban que el trabajo a domicilio era el más ingrato, y desdichado, estando muy extendido en las grandes capitales, como Madrid y Barcelona.
El primer problema que se planteaba era el desconocimiento que se tenía del número de personas que involucraba por la propia particularidad del mismo, aunque se aventuraban cifras muy importantes. Por otro lado, era un tipo de ocupación que afectaba no sólo a mujeres de condición obrera o humilde, sino también a muchas mujeres de clase media, aunque escondiesen un alto nivel de necesidad en sus hogares.
El trabajo a domicilio tenía que ver con el ramo de juguetería, pero, sobre todo, con el textil de ropa blanca, bordados y vainicas. Ocupaba a mujeres, que trabajaban en casa, algo que, en principio, podría considerarse como mejor que en un taller o fábrica, pero las jornadas laborales eran interminables, no sujetas a los horarios establecidos por ley que tenían que cumplirse en los centros de producción, y donde si se generaban abusos en esa materia los sindicatos actuaban rápidamente. Para intentar ganar un poco había que dedicarle horas interminables a la tarea. Se calculaba que podía ocupar entre catorce o dieciséis horas diarias, y que podía reportar una ganancia de unas dos pesetas diarias. En este sentido, debemos recordar que este trabajo tampoco estaba sujeto a lo que se estipulaba en materia salarial en una empresa. Estas trabajadoras, por fin, no disfrutaban de las ventajas de la ya desarrollada legislación social del momento porque no había contrato por medio.
Los productos elaborados por estas trabajadoras son los que se ofrecían a muy bajo precio a las juntas de damas dedicadas en aquella España a la función de la caridad, que podían ejercer sin altos desembolsos por lo barato que conseguían la ropa de todo tipo confeccionada a domicilio. Los socialistas cargaban con fuerza contra este tipo de organizaciones que, intentando paliar la miseria, la promovían por otro lado, al presionar a los industriales para que les ofreciesen los productos a muy bajos precios.
Pero, por otro lado, los empresarios que encargaban el trabajo a domicilio sufrían una competencia casi imposible de contrarrestar. Nos referimos a las comunidades religiosas femeninas, que tenían a su cargo una legión de trabajadores infantiles y de mujeres jóvenes, recogidos en conventos e instituciones, que trabajaban sin ninguna reglamentación laboral y sin casi salarios, sacando adelante una producción altamente competitiva. En los conventos y colegios religiosos de las ciudades españolas se hacían multitud de trabajos relacionados con el lavado, planchado, elaboración de la ropa blanca, bordados, toquillas, géneros de punto, etc. De ese modo, los empresarios si querían vender los productos elaborados por mujeres en sus domicilios, tenían que pagar por ellos muy poco.
El problema para combatir esta explotación era grande, como reconocían los propios socialistas ya que la masa obrera afectada no era proclive a la organización, es decir, a la afiliación sindical del ramo o ramos correspondientes, por dos razones evidentes. En primer lugar, porque el trabajo no se desarrollaba en una fábrica o taller donde era más fácil la labor de propaganda. Se trataba de un trabajo muy individualizado, en cada domicilio, donde era muy complicado llegar. Pero, además, en segundo lugar, entre muchas de estas trabajadoras, especialmente las que podrían encuadrarse en una precaria clase media, existían fuertes prejuicios hacia todo lo que sonase a movimiento obrero, a que se les considerase como obreras, ya que se tenían por “señoritas”, a pesar que, en realidad, su situación era de una clara proletarización. Otro problema que se planteaba era el de la competencia religiosa. No se podía terminar con esta situación hasta que no se realizase una labor concienzuda de inspección laboral en estos establecimientos, y en cualquier lugar donde hubiera trabajadoras por cuenta ajena. Las leyes laborales y sociales no se cumplían en este ámbito y eso era, a juicio de los socialistas, intolerable.
Podemos consultar el número 5546 de El Socialista. Por otro lado, hemos tratado algunos de los aspectos tratados en este artículo en los siguientes trabajos, publicados en El Obrero en 2018: “La explotación de las costureras en el Madrid de los años veinte”, “Mujer y socialismo: el mitin de las obreras de la aguja de abril de 1929”, y “Mujer y socialismo: el segundo mitin de las obreras de la aguja en abril de 1929”. También, en Tribuna Feminista: “La explotación de las costureras en Madrid en 1909” (2018). Por fin, el libro de Marta Del Moral Vargas, Acción colectiva femenina en Madrid. (1909-1931), 2012, constituye una tesis muy interesante sobre la lucha de las mujeres en el Madrid de los primeros decenios del siglo XX.