Las mujeres en los gremios barceloneses en el siglo XVIII

Historia

El estudio de la documentación notarial es fundamental para conocer el papel de las mujeres en la historia si sabemos bien leer los contratos de alquiler, las capitulaciones matrimoniales, las partidas de bautismo y los testamentos, porque nos ofrecen muchas pistas, algunas indirectas, y otras no tanto, sobre nombres, direcciones y oficios relacionados con las mujeres, las que siempre han sido silenciadas y condenadas a un lugar secundario en la historia. No es un trabajo fácil porque la tendencia de la sociedad patriarcal siempre fue el de intentar ocultar la huella femenina.

 

Desde la Edad Media hasta el siglo XVIII las ordenanzas gremiales ignoraron a las mujeres. Solamente las viudas de los maestros podían tener taller y tienda abiertos. También podían pertenecer a las cofradías de los gremios, sometidas a las mismas reglas, pero sin disfrutar de los mismos derechos. Pero tener abierto un taller o una tienda no significaba que las mujeres pudieran asistir a las reuniones del gremio donde se tomaban las decisiones relativas al oficio.

Pero en el último tercio del siglo XVIII se produjeron algunos cambios en plena descomposición del sistema gremial por la liberación de la producción. Eso trajo consigo el fin de las restricciones sobre el trabajo femenino. En 1784 se dio una Real Cédula por parte de Carlos III que permitía a todas las mujeres trabajar y tener taller y tienda propios. Este hecho coronaba una larguísima historia poco conocida, pero real, de tensión entre las estructuras productivas controladas por los hombres en los gremios y las mujeres deseosas de trabajar y de vender lo que producían. Los gremios no toleraron nunca perder el control sobre la producción y la distribución.

En todo caso, algunas mujeres durante la Edad Moderna se convirtieron en trabajadoras impulsadas por la necesidad económica de sus familias. Por eso encontramos mujeres como lavanderas, criadas o nodrizas en el amplio universo del servicio en el Antiguo Régimen, pero también como costureras, bordadoras y en otras actividades, generalmente, del ámbito textil, y en muchos casos como trabajadoras en sus propios domicilios. Las viudas predominaban más como herederas de negocios de actividades comerciales. Curiosamente, la viudez o la orfandad, siendo circunstancias duras de la vida, fueron factores que impulsaron que muchas mujeres salieran del ámbito doméstico y fueran dueñas de sus vidas, ya no bajo la autoridad de un marido o de un padre.

En el caso concreto catalán sabemos de un evidente protagonismo de mujeres en un oficio fundamental, el de la impresión porque hubo impresoras y libreras que tuvieron un papel nada desdeñable en este negocio. No es fácil explicar las causas de este protagonismo que no se compartiría con otros oficios. Puede ser porque desde la Edad Media las mujeres estuvieron siempre presentes en el universo de la escritura y la lectura. Hubo mujeres que en el ámbito religioso y fuera del mismo dedicadas a producir manuscritos, y de ahí pudieron saltar al mundo de la impresión ya en la Edad Moderna. Pero también pueden aducirse razones económicas, es decir, que en el mundo artesanal que todo quedase en el ámbito familiar reducía, evidentemente, costes. Emplear a las mujeres y también los niños de la familia en el taller era más económico.

En todo caso, en el siglo XVIII se puede hablar de un verdadero auge de las impresoras y no sólo en Barcelona, sino también en otras importantes ciudades catalanas.

Eulàlia Ferrer (1780-1841) fue, sin lugar a dudas, la principal impresora de esta época. Era hija del librero Josep Ferrer. Al morir dejó en herencia a sus dos hijos la librería Casa Ferrer, que había sido fundada en 1673 en la calle de la Llibreteria. Eulàlia heredó el negocio con tan solo doce años. Se casó en 1799 con Antoni Brusi i Mirabent, que tenía un negocio de encuadernación y venta de libros en la misma calle. Cuando Antoni Brusi falleció, víctima de la epidemia de fiebre amarilla que asoló la ciudad en 1821, se hizo cargo del Diario de Barcelona. Fue una pionera y gran luchadora porque consiguió, después de muchas dificultades, y con cinco hijos menores a su cargo, sacar adelante el periódico y el negocio de imprenta, en momentos, por lo demás, bien convulsos. Fue una mujer extraordinaria entre el final del despotismo ilustrado y el reinado de Isabel II.