La desigual sociedad barcelonesa del siglo XIX

Historia

Barcelona asistió durante el siglo XIX a una transformación social en un sentido más moderno que en el resto de España. Por un lado, su antigua burguesía comercial, que había surgido en la Edad Media fue dejando paso a una burguesía industrial, que fue haciéndose con la posición más destacada en la sociedad barcelonesa y catalana. Algunos de sus miembros llegaron a adquirir títulos nobiliarios. Ya en el siglo XVIII tenemos el caso del fabricante Juan Pablo Canals, que en 1777 compraba a Carlos III el título de barón de Vallroja. La aristocracia antigua fue perdiendo fuelle mientras la Iglesia mantuvo su presencia, aunque la desamortización terminaría con muchos de los conventos urbanos.

 

Pero, por otro lado, también asistimos a una evidente proletarización de las clases populares que habían vivido en el ámbito artesanal dentro de unos gremios que se liquidaron con el establecimiento del Estado liberal, además de que esa nueva clase obrera también se nutrió de una creciente inmigración en búsqueda de puestos de trabajo en la pujante industria textil barcelonesa.

Las condiciones de vida de la nueva clase obrera fueron muy duras. Aunque dependía de los trabajos las jornadas laborales eran interminables, pudiendo llegar en algunos casos a las dieciséis horas diarias, y sin descanso dominical en muchos casos. Tenemos que tener en cuenta que hasta el año 1904 no se aprobaría la Ley del descanso dominical no sin esfuerzo el descanso en domingo encontró siempre muchos detractores. Tampoco había vacaciones, ni bajas por enfermedad, ni jubilación ni seguros médicos ni ningún tipo de cobertura social que antes cubrían los gremios.

La mayoría de los obreros vivía al principio en el Raval y San Pedro, las zonas donde se asentaban las fábricas, y también en Sants, que luego dejaría de ser una localidad independiente para ser un popular barrio de Barcelona.

La alimentación de la clase obrera era muy pobre, con muchas féculas, es decir, pan, legumbres y patatas, y poca proteína, aunque se consumían bacalao y sardinas, pero casi nunca carne. La desnutrición fue una constante, como las graves enfermedades de fuerte contenido social como la tuberculosis, y en el caso barcelonés, el tifus. En ese sentido, muy grave sería la epidemia de esta enfermedad que padeció Barcelona en el otoño de 1914. Y eso ocurrió por las graves deficiencias higiénicas que padecía la ciudad por muchos avances y servicios que se fueron creando. Y es que el principal problema fue el agua, a pesar de la constitución de compañías y sociedades como hemos visto. Las fiebres tifoideas provocaron una gran polémica en la que no fueron ajenas las empresas de suministro de agua, con intervención también del Colegio de Médicos, fuertes campañas de prensa de denuncias, y la protesta popular ante la inoperancia de las autoridades, con represión incluida. En conclusión, muertos y muertos hasta que a fines del mes de noviembre la epidemia remitió.

Como consecuencia de todo este panorama la esperanza de vida no fue muy alta durante el siglo XIX. En este sentido, Ildefonso Cerdá publicó en 1867 Monografía estadística de la clase trabajadora, donde explicaba, precisamente, que la esperanza de vida era de 38’3 años para la burguesía y de 19’7 para los trabajadores.

Otro aspecto que refleja la dureza de la existencia de amplias capas sociales de Barcelona era el alto nivel de analfabetismo, pudiendo alcanzar a más del 46% de la población, y siempre más alto entre las mujeres que entre los hombres.

Un aspecto destacado de la Barcelona decimonónica fue la importancia del asociacionismo. Se crearon todo tipo de clubs y asociaciones monográficas o más generales, como centros excursionistas (El Centre Excursionista de Catalunya se creó en 1890 a partir de la Asociación Catalana de Excursiones Científicas, nacida en 1876) sociedades corales, agrupaciones científicas y ateneos, como el Ateneo Barcelonés, o el Ateneo Catalán de la Clase Obrera. También hubo círculos de índole cultural como el de San Luchas o el Real Círculo Artístico de Barcelona, fundado en 1881 por distintos artistas, como Eliseo Meifrén, Modest Urgell, Joaquim Mir, Ramón Casas, Isidre Nonel y Hermenegildo Anglada Camarasa, y que buscaba el fomento del arte en Barcelona. En 1916 adquirió el título de Real por concesión de Alfonso XIII. Fue muy importante como núcleo de difusión del modernismo pictórico catalán.

La prostitución estuvo siempre presente en la vida marginal de Barcelona. En 1863 se elaboró un reglamento sobre la práctica de una actividad entre prohibida y tolerada. Las autoridades consideraron la prostitución femenina durante el siglo XIX y parte del XX como un mal social, pero inevitable. El Código Penal de 1848 no consideró la prostitución como un delito al formar parte del ámbito de la privacidad. Solamente se podrían emprender acciones legales contra las prostitutas, es decir, detenerlas y acusarlas de cometer un delito si infringían las órdenes y reglas sanitarias o por cometer escándalos, los dos peligros que el poder quería evitar a toda costa. El Estado liberal adoptó una postura de aceptación del fenómeno, desde una óptica pragmática, y procurando controlarlo dentro de unos límites. Sus preocupaciones iban encaminadas a enmarcar su ejercicio en un espacio determinado, aislado, evitando el peligro del supuesto escándalo, habida cuenta de la imperante hipocresía de raíz burguesa, y para intentar controlar los aspectos sanitarios del mismo. Para cumplir estos objetivos se legisló. En ningún caso interesaba la realidad social y personal de la prostituta, su explotación y condición de marginada, aunque surgieran movimientos abolicionistas; sería el movimiento obrero quien más se interesaría en la cuestión de la explotación de estas mujeres. El poder no se interesó por abolir la prostitución, ya que se consideró como una especie de válvula de escape para la supuesta incontenible sexualidad masculina con el fin de preservar el matrimonio, pilar del orden burgués. La prostitución ejercería, por lo tanto, una especie de labor social y, por otra parte, proporcionaba sustento a muchas mujeres. Utilitarismo, pragmatismo y egoísmo o insensibilidad fueron principios fundamentales sobre los que el liberalismo sustentó su teoría y práctica de la prostitución femenina.

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