Tierno Galván sobre Salvador Allende, su grandeza y su victoria

Memoria histórica

En el quinto aniversario de la muerte de Salvador Allende, Enrique Tierno Galván publicó un artículo en El Socialista del día diecisiete de septiembre de 1978, que glosamos ahora, cuarenta y cinco años después, coincidiendo con el cincuenta aniversario de aquel hecho y del fin de la democracia en Chile por tantos años.

 

Tierno recordaba que había estado en marzo de 1973 en Chile, como atestiguaba una foto, que publicó el periódico socialista español en la que aparece el presidente en primer término a la derecha, y Tierno, ligeramente detrás, a la derecha.

El destacado intelectual socialista español explicaba que aquella había sido su segunda visita al país sudamericano con motivo de unos coloquios sobre la Constitución y la transición al socialismo. Recordaba intensamente la quincena que allí estuvo, y de forma vivaz al propio Allende, y lo decía porque, teniendo en cuenta que muchas veces los marxistas, arrastrados por un “inconsciente dogmatismo”, daban menos importancia de la que tenía a los elementos inconscientes. Para Tierno eso era cierto, y más en el caso del presidente chileno porque su propia personalidad había sido un factor decisorio del desencadenamiento del proceso revolucionario. El viejo profesor insistía en la necesidad introducir en los análisis marxistas los elementos no cuantificables.

Allende era, siempre según su visión, y después de haber tenido conversaciones con él, una persona definida por el convencimiento, la serenidad y la idea de que la propia vida era parte esencial del convencimiento, es decir, que quien no estaba dispuesto a dar su vida por una idea, no tenía convencimiento real respecto de esa idea. De ahí, por lo tanto, emanaría su “inmensa naturalidad”.

El golpe se veía venir en ese momento de su visita. Allende había expresado que la extrema derecha estaba llamando a la puerta de todos los partidos, una expresión que, si se nos permite, nos parece harto sugerente. La presión exterior era enorme, y la situación económica muy difícil. El golpe parecía que se esperaba, y la tensión era palpable, pero Allende permanecía sereno y convencido de que había que aguantar hasta agotar todas las posibilidades. Allende era firme.

Terminaba Tierno afirmando que de no ser por Allende la revolución chilena hubiera sido un episodio de mucho interés analítico, pero sin grandeza. Y la grandeza contribuía a orientar la historia tanto o más que la victoria. Había que admitir que Allende y solamente Allende seguía siendo el vencedor.

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