Un testimonio sobre la situación obrera en Japón hacia 1912
Como es sabido, Japón vivió una intensísima transformación en la época Meiji, convirtiéndose en una potencia de primer orden. En este apunte aportamos una información sobre la situación de la clase obrera en aquel país del Extremo Oriente, cuando ya había pasado el primer momento Meiji.
La fuente se encuentra en Vida Socialista, en su número del 4 de agosto de 1912, que cita el estudio dedicado al imperialismo japonés y publicado en la Revue de París, y escrito por Armand Kergant, en mayo de 1912.
El enorme desarrollo de la industria y el imperialismo en Japón habría sido acompañado por una “larga serie de miserias” porque la clase trabajadora vivía en “tristísimas condiciones”. En enero, al parecer, había sido votada la ley del trabajo de las mujeres y de los niños.
Mientras el proletariado occidental iba arrancando conquistas los obreros japoneses vivirían como esclavos. No se les permitía declararse en huelga. Si un obrero abandonaba el trabajo podía ser conducido de nuevo a la fuerza al trabajo hasta que concluyese su contrato.
La condición de las obreras antes de que se aprobara la mencionada ley era aún peor. En los establecimientos textiles las mujeres tenían jornadas de entre doce y dieciséis horas, con un descanso muy breve para comer. En los períodos de gran trabajo, el gerente podía obligar a trabajar a las obreras toda la noche, desde el atardecer hasta la madrugada. Se había podido dar el caso de trabajadoras que habían trabajado varias veces en un mes hasta veinticuatro y treinta y seis horas seguidas. La industria textil japonesa era trabajada en su mayoría por mujeres. En 1910 habría en las fábricas de seda un total de 72.000 hombres frente a 414.000 mujeres. También había diferencia salarial entre hombres y mujeres. Los primeros cobraban un salario diario que no superaba casi nunca las dos pesetas, mientras que las mujeres ganaban 80 o 90 céntimos.
La ley recientemente aprobada dictaminaba que el trabajo de las mujeres y niños no podía superar las diez horas diarias, con un intervalo de media hora de descanso.
En relación con la higiene en el trabajo la situación también era penosa. Al parecer, hacia unos años, el doctor Okami, jefe de la oficina de Trabajo en el Ministerio de Agricultura, había publicado un libro cuyo título en castellano era El mundo y la industria. En el mismo observaba que, debido a los excesivos esfuerzos, la mala nutrición y las pésimas condiciones higiénicas de los talleres donde se trabajaba, el 22% de los obreros que regresaban enfermos a sus hogares, morían antes de un año. Además, había calculado que el 33% de los trabajadores japoneses padecían tuberculosis.
La conclusión para la revista española era que el imperialismo japonés, victorioso frente a los rusos y que estaba riñiendo una batalla industrial en Norteamérica había sido hasta entonces injusto y cruel con los creadores de su fuerza económica y su riqueza comercial.