Sobre el secreto masónico desde la masonería albaceteña del XIX

Historia

Una de las principales logias masónicas en la historia de la masonería de Albacete fue la Logia “Humanidad”. Podemos estudiar esta logia y toda la masonería de aquella provincia gracias a un estudio ya clásico de José Antonio Ayala, titulado, La masonería en Albacete a finales del siglo XIX, que en 1988 publicó el Instituto de Estudios Albacetenses.

 

Pues bien, el orador de dicho taller publicó un largo artículo en la Revista de Albacete. Periódico científico, literaria y político en su número del 30 de julio de 1885 donde reflexionaba sobre el secreto masónico. Esta pieza trata de dicho trabajo porque aporta una serie de argumentos sobre el secreto masónico por parte de un francmasón en el contexto de la España de la Restauración.

La razón que movía a este masón de la mencionada logia a escribir el artículo era la incomprensión sobre el secreto masónico, y no solamente por la crítica que recibía de la Iglesia y desde el poder político, sino porque no se entendía tampoco entre personajes que no sentían prevención ni temor algunos hacia la masonería, como los que destilaban los sectores ultramontanos.

El razonamiento comenzaba afirmando que toda asociación que huía de la publicidad lo hacía por dos causas: evitar persecuciones, impulsada para poder seguir existiendo, o porque consideraba la conveniencia de ocultar sus actos por motivos diversos, aunque también era normal que fuera por ambos factores, como era el caso de la masonería.

Los masones se habrían ocultado porque en el tiempo de su existencia nunca habían sido reconocidos legalmente siendo su primera regla de conducta la tolerancia universal. Pero habían sido acusados de “indiferentismo religioso” porque la Iglesia habría confundido siempre la tolerancia con la indiferencia en materia religiosa. Por eso la masonería habría sido odiada por parte de los fanáticos e intolerantes y especialmente en los países latinos.

La masonería se había impuesto como misión, habiéndolo conseguido según el autor, poner fin a las persecuciones en función de las creencias religiosas, asociando en sus logias a personas de distintas religiones y culturas, pero también influyendo en la sociedad en este sentido tolerante. El problema estaría en la Iglesia por su defensa de la intolerancia.

Como resultado de esta victoria la masonería era una institución legal en casi todos los países del mundo y había conseguido en el resto una cierta tolerancia por parte de los poderes públicos. En el caso español esa tolerancia sería un tanto dudosa y poco cimentada, es decir, no muy sólida.

La masonería conservaría todavía el secreto de su existencia, aunque no como en el pasado. Ese secreto se debía a que no estaba claro que fuera legal en España, un asunto sobre el que nosotros hemos visto debates en el Congreso de los Diputados en tiempos de la Restauración y promovidos por los sectores más conservadores y reaccionarios.

La masonería española aspiraba a que desapareciesen esas prevenciones que consideraba injustificadas por parte de esos sectores reaccionarios. Era preciso convencer a “ciertas imaginaciones ofuscadas” de que la francmasonería no habría sido combatida más que por los intolerantes religiosos, ni habría existido otra razón para hacerla objeto de persecuciones cruentas que las de haber practicado en su seno la más amplia tolerancia. La masonería habría considerado siempre que ni la moral era privativa de confesión alguna, ni la realización del bien podía encontrar límites en las fronteras, “estrechísimas siempre ante el concepto de la humanidad”, de nación alguna ni de determinadas asociaciones religiosas. Como vemos, no sólo se estaba combatiendo el monopolio moral de la Iglesia católica sino también la estrechez que suponían las fronteras, según la vocación universalista o internacional de la masonería, un asunto que, como bien sabemos, también asustaba a los poderes religiosos y políticos.

No habría sociedad alguna que mantuviera voluntariamente el secreto de su existencia porque sus trabajos buscarían la publicidad. El secreto, por lo tanto, se vinculaba siempre sobre el reconocimiento jurídico. En este sentido, el autor aludía a las sociedades cristianas antes de la legalidad del cristianismo o a las organizaciones liberales que con el tiempo se habían convertido en partidos legales.

El orador aludía a un escritor español que afirmaba que la francmasonería donde podía llevar una vida legal era conservadora, mientras que donde era perseguida tenía un sentido “batallador y revolucionario”, es decir que donde estaba fuera de la ley combatía todo lo que impedía su existencia. Esta observación no deja de tener un evidente interés. El autor aportaba los ejemplos alemán, británico y norteamericano donde la masonería habría adoptado en dichos estados un carácter eminentemente benéfico.

Pero ese no era el caso español donde la masonería apenas podía ocuparse de otra cosa que combatir al ultramontanismo, procurando trabajar para deshacer por medio de la propaganda incesante los errores que se habían creado sobre la misma, y que eran la causa de que se mantuvieran aún prohibiciones.

En todo caso, la masonería española vivía una suerte de tolerancia tácita y negativa, precisamente porque no había más que la garantía de la opinión pública que era quien la amparaba y del ejemplo internacional. Por esa “tolerancia negativa” la masonería española debía ocultar su existencia. Pero el autor consideraba que pronto eso iba a cambiar, aunque nunca podría desaparecer, porque eso era intrínseco a la orden, el secreto de sus acuerdos, de sus resoluciones y de sus actos. Precisamente, el sentido benéfico de la masonería explicaba el secreto. Un masón no podría trabajar en ese sentido si eso le atraía el aplauso y la consideración pública.

Así pues, si bien el secreto de la masonería debía desaparecer y lo haría cuando fueran derogadas las disposiciones legales que la prohibían, no podría suceder lo mismo en lo que atañía a los actos benéficos de los masones.